Una ciudadanía sin autonomía queda condenada a la esclavitud e impotencia

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Una ciudadanía sin autonomía queda condenada a la esclavitud e impotencia.

¿Cómo pedir que piensen y autoregulen su conducta quienes son educados para no pensar y limitarse a acatar? 

Caminando esta mañana hacia la farmacia encontré una buena cantidad de gente paseando en bicicleta y haciendo footing, las cuales evidentemente estaban saliéndose de lo autorizado por la cuarentena. Los veían pasar policías y serenazgos impotentes. Parecía que el serenazgo estaba allí, uno cada 100 m más o menos, para cuidar las flores o pedirle al cielo que no haga mucho calor. 

Pensando en escribir algo al respecto me vinieron a la cabeza algunas preguntas: 1) Qué sentido tiene dar normas que pocos van a acatar, sin haber evaluado su viabilidad. 2) Qué sentido tiene amenazar con sanciones que rara vez se aplicarán, generalmente a los más indefensos. 3) Cómo puede haber respeto a la autoridad cuando esa autoridad no se hace respetar. 4) Por qué tanta gente trasgrede normas y “hace lo que le da la gana”. 

Desde que empezaron las torpes fórmulas autoritarias y amenazadoras para acatar una cuarentena que iba a destruir la economía, los empleos e impedir que toda la gente que se gana la vida día a día tenga que salir a trabajar por falta de ingresos, -sin que haya por el lado del estado un sustituto inmediato y eficaz para alentar el cumplimiento de la cuarentena-, estaba anunciado por todos los vientos que salvo los más formales y negocios grandes temerosos a las sanciones, el resto de la gente no iba a poder acatar. Y así fue.

La principal torpeza fue la incapacidad de anticipar este escenario y no cargar toda la energía comunicativa a que la población sea informada y convocada a participar por convicción en las conductas esperadas para contener la epidemia. Inclusive convocarlos a coparticipar en la definición de fórmulas de contención. 

Más de una vez pedí al presidente y autoridades que les hablen a los niños y jóvenes en su lenguaje, haciéndoles sentir que son parte activa de esta responsabilidad colectiva, y que su sentimiento es escuchado y tomado en cuenta. Pero claro, no hicieron caso porque los niños no son concebidos como seres humanos pares con los adultos sino como objetos sobre los que hay que decidir desde fuera y que adquieren alguna importancia cuando empiezan a votar en las elecciones. 

Pero en realidad, no era sorpresa que haya prevalecido el enfoque autoritario y amenazador en lugar del empático convocante, porque así han sido educados desde edades tempranas.

En el Perú la gente no está educada para ejercer la autonomía y autoregulación de sus conductas, porque les han enseñado que eso no importa, porque el buen ciudadano es el que sabe contestar exámenes de matemáticas y lectura. Han sido educados para acatar algo sólo si alguien se los exige (y atemoriza por el incumplimiento). Son educados para esperar a que otros (padres, maestros) decidan por ellos y ejerzan un control externo de sus conductas (via notas, castigos y suspensiones). Entonces ¿por qué habría de sorprendernos verlos así en su edad adulta?; ¿Cómo se puede construir una ciudadanía autónoma y autoregulada cuando la gente es educada desde temprana edad, a ser esclava de lo que otros deciden, a hacer cosas que no entiendan y acatar normas de cuya construcción no han participado?.

Finalmente, cómo podrían ser educados de otra manera cuando las instituciones educativas están sometidas a un MINEDU que ejerce el mismo tipo de gestión autoritaria, inconsulta, vertical, aplastadora sobre los colegios, que espera de ellos que sean los sumisos cumplidores de criterios y normas de “los de arriba”, aún si no están de acuerdo con ellas ni guardan relación con el saber colectivo de su comunidad educadora. ¿Cómo se puede pedir que piensen libremente quienes son educados para no pensar y limitarse a acatar?

La educación peruana construye cárceles mentales en nuestros niños y jóvenes, los convierte en adultos que son inválidos sociales incapaces de actuar con autonomía, responsabilidad social, creatividad y vocación por el bien común. 

Si de veras nos interesa ser parte de una nación democrática, pujante, mentalmente sana, que organiza sus energías creativas para resolver los grandes problemas nacionales pensando en el bien común, hagamos que esos sean los valores dominantes de nuestra educación. Enfoquemos y alentemos a los que hacen las cosas bien y tienen potencial para crecer por sus propias fuerzas, en lugar de gastar tantas energías en asfixiarlos, como compensación de la incapacidad de la autoridad para frenar a los trasgresores. 

Es tan simple...

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