Agravios racistas a minorías, Tilsa, Kuroiwa y Watanabe son decentes

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“En nombre de la democracia y los derechos humanos, olvidemos la democracia y los derechos humanos” parecería ser la lógica de algunos políticos y comunicadores a los que alude la Asociación Peruano Japonesa en su comunicado del 24/12/2000 titulado “Por el Perú: Paz y Unión”.
En este comunicado la asociación deplora la hostilidad genérica contra sus miembros por parte de algunas personas. Esto ha ocurrido como secuela de la ira que ha generado en muchos peruanos el hecho que el ex presidente (nissei) Alberto Fujimori haya escapado del Perú a Japón para hacer uso de su derecho a la nacionalidad japonesa como protección de las acusaciones de corrupción y fraude que se destapan día a día en el Perú.
Una vez más, una legítima asociación de peruanos o residentes en el Perú que comparten alguna característica étnica común, se ve atacada por algunos comunicadores y políticos que no logran hacer el deslinde entre las responsabilidades personales de los individuales que tiene conductas censurables, de las responsabilidades colectivas que corresponden a una comunidad. En este caso se trata de japoneses residentes en el Perú y peruanos descendientes de japoneses que se congregan para fines sociales, culturales y de ayuda mutua desde la llegada al Perú de setecientos noventa japoneses el 3 de Abril de 1899, a bordo del "Sakura Maru".

Todos aquellos que abogan por la libertad, la democracia y el respeto a los derechos humanos y ciudadanos que el gobierno del ex presidente Fujimori atropelló, tienen que tener la serenidad y la estatura ética para no enlodar a terceros por las responsabilidades de uno. Lo mismo es aplicable a los ataques a otras personas de ascendencia japonesa que están siendo cuestionados por haber sido parte del gobierno fujimorista, como Jaime Yoshiyama, Carmen Higaona, Alberto Kitasono, Ana Kanashiro, Augusto Miyagusuku, los congresistas Alberto Siura, Alberto Sato, Luis Umesawa y Samuel Matsuda por mencionar sólo algunos que han tenido notoria figuración pública. Ellos deben responder por sus actos y no por su origen étnico.
No debemos olvidar que al atacar a todos los 45,000 niseis, sanseis, yonseis y gocéis peruanos por atacar a Fujimori y su entorno, se está atacando a decenas de miles de personas inocentes incluyendo a anti fujimoristas y a personalidades peruanas muy prestigiadas y queridas como por ejemplo los comunicadores Suzie Sato, Alejandro Sakuda y Julio Higashi, el sismólogo Julio Kuroiwa, la pintora Tilsa Tsuchiya, la escritora Doris Moromisato, el promotor deportivo Gerardo Maruy, el Biólogo Víctor Ishiyama, el poeta José Watanabe, el economista Luis Baba Nakao y tantos más.

REFLEXION

En ocasiones anteriores he escrito planteamientos similares para rechazar el ataque que algunos hacen a la comunidad judía por las acciones de alguno de sus integrantes. Parece ser que en el Perú aún no logramos elevarnos éticamente al nivel de juzgar a cada persona por sus actos, y no por su origen étnico, religioso o por su filiación institucional. Quizá porque estereotipar y prejuzgar resulta más fácil que individualizar. Lo primero no requiere pensar ni hacer juicios de valor, basta el uso de clisés que se recogen automáticamente de los medios o discursos simplistas. Lo segundo requiere pensar, evaluar, respetar diferencias, tolerar, ser plurales, o dicho de otra manera, tener un pensamiento ético y democrático.
En el pasado muchos peruanos han sido víctimas del racismo y la animadversión y hasta discriminación contra los cholos, negros, judíos, indígenas, “gringos”, chilenos y ecuatorianos; más recientemente contra los chinos, japoneses y los ayacuchanos en la época del terrorismo. Si este andamiaje prejuicioso no se desarma, en el futuro podrá ser objeto de discriminación y estereotipación cualquier otro grupo de peruanos, identificables por algún rasgo común, apellido u origen nacional.
Nuestro reto como peruanos que queremos participar en la reconstrucción ética y cívica del país no sólo radica en evitar estos prejuicios y generalizaciones y educar en consecuencia a las nuevas generaciones, sino en reconocer el valor de las diferencias como un aporte al desarrollo del país. Si el Perú acogiese los aportes y valores que proceden de gente de la más diversa variedad de pensamientos y actitudes, enriqueceríamos notablemente el acervo cultural peruano, la creatividad y capacidad de innovación que muchas veces surgen de la confrontación cooperativa entre personas que tienen las más diversas perspectivas de mundo y que interactúan en alguna actividad. Esta es una de las llaves del éxito de los EE.UU., país que ha construido su liderazgo mundial gracias al aporte de las más variadas personas y culturas.