El tiempo entre la reforma y sus resultados

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Cuando se implementa una reforma escolar, hay mucha ansiedad por saber si está funcionando bien, lo que usualmente dificulta darle el tiempo de gestación suficiente para medir sus resultados y sacar conclusiones definitivas. Lewis Solmon, ex decano de la Escuela de Educación de la Universidad de California (UCLA), estudió el tema e identificó varios “rezagos” o tiempos de espera parciales que se van acumulando hasta poder evaluar la efectividad de una reforma educativa: la selección de la reforma a aplicar, el tiempo legislativo y normativo, el rezago judicial, el tiempo de implementación, el tiempo para el aprendizaje de los actores, el rezago de impacto, el tiempo para la medición y luego la entrega de resultados, el rezago de la interpretación y el rezago de metodología. (revista virtual Education Week, 10/12/2003).

Debido a que las reformas educativas generalmente nacen de una iniciativa legal que a su vez deriva de las conclusiones de la investigaciones hechas sobre situaciones previas, hay un tiempo de espera requerido para la selección de la política que se requiere introducir. Esta propuesta tiene que ser sometida a la comisión de educación del Congreso, que debe debatirla para luego pasarla al pleno, lo que requiere un tiempo de espera para el proceso legislativo. Una vez promulgada, se requiere un tiempo para redactar los reglamento. Si la ley requiere financiamiento, requiere de un tiempo de espera para recibir el respaldo financiero que generalmente está a cargo de la comisión de economía o presupuesto, que es diferente a aquella en la que se originó el proyecto de ley.

La mayoría de las reformas educativas son controvertidas y chocan contra algún grupo de interés, que muchas veces procura anular la reforma. Esto implica que se requiere un tiempo de espera para litigar, durante el cual nadie empieza a aplicar la reforma porque podría ser anulada. Después, habrá un tiempo de espera para la implementación para lo cual tienen que adaptarse los órganos intermedios y los propios colegios. Al mismo tiempo, hay un tiempo de espera consumido por los educadores que se resisten a los cambios y que tratan de continuar haciendo las cosas como de costumbre, sin cambio alguno. Una vez que se inicia la implementación, los profesores deben aprender cómo desempeñarse a la luz de la reforma, lo que consume un tiempo para el aprendizaje.

Después de un tiempo en que la reforma ha sido puesta en marcha, se requiere esperar un tiempo hasta que surta efecto. Se requerirá cuando menos un año para que las nuevas mediciones en las pruebas estandarizadas arrojen un resultado comparable. A esto se agrega el tiempo de espera para obtener las mediciones, la interpretación y discusión de los resultados obtenidos. Si no hay datos comparables, tendrá que consumirse otro tiempo de espera para superar los problemas metodológicas. Para ese momento, el gobierno, ministro, congresistas, superintendentes y autoridades intermedias habrán cambiado, alterando todo el encuadre de la reforma. Después de todo ¿a quién le importa si la política o reforma anterior funcionó? Las nuevas autoridades quieren probar sus propias ideas.
Entender el tema de los “rezagos” o tiempos de espera permite aprender varias cosas. Primero, los decidores no deberían demandar demasiado pronto pruebas definitivas de la efectividad de una reforma. Hay una demora entre el momento que una buena idea es concebida y el tiempo requerido para evidenciar su efectividad más allá de toda duda razonable. Segundo, la evaluación de la reforma basada en el mejor rendimiento en pruebas deben iniciarse pronto, pero la evidencia resultante debería ser sopesada basándose en la información disponible, la metodología usada y el tiempo que la reforma estuvo operando. Tercero, hay que buscar resultados intermedios que permitan predecir razonablemente lo que sería la conclusión final. Finalmente, debemos reconocer que la proliferación de metodologías sofisticadas y datos a los que se aplicarán, junto con esta estructura de tiempos de espera, pueden permitir a evaluadores hábiles y bien intencionados llegar a conclusiones totalmente diferentes. A veces esas interpretaciones derivan de prejuicios. Por eso se requiere más de una aplicación y evaluación de la reforma para llegar a un juicio definitivo sobre su efectividad.
Los países que son conscientes del tiempo de espera que hay entre una buena idea reformista y la corroboración de sus efectos así como la necesaria continuidad en el tiempo de una reforma para ser efectiva, suelen apelar a acuerdos políticos de largo plazo de modo que no se empiece de nuevo cada vez que cambia un gobierno. Buena lección para el Perú