¡No saben pensar! CADE 2006

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En la reciente 44 CADE dirigí una mesa de diálogo con Franco Giuffra (BCP), Patricia Salas (CNE) y Gustavo Yamada (CIUP) sobre las brechas entre el mercado laboral y la educación. Surgieron cosas muy interesantes. Por ejemplo, en base a percepciones recogidas empíricamente por cada participante respecto de los estudiantes superiores y egresados de las universidades peruanas, intentamos identificar cuáles eran las carencias o deficiencias que se observaban en muchos jóvenes profesionales peruanos, incluyendo a los egresados de las universidades de élite. Escucharlo fue chocante para muchos empresarios, cuyos hijos estudian o han estudiado en ellas.
1). Son personas acostumbradas a memorizar, buscar el truco, más que razonar. Buscan el “problema tipo” conocido, que se parezca al problema nuevo. Si no recuerdan la respuesta, no intentan deducirla.
2). No razonan lógicamente, no piensan. Ni bien se les hace una pregunta se ponen a operar, a buscar el algoritmo que dé con la respuesta, como si el lapicero pensara.
3). No leen. La lectura les resulta tortuosa. Se limitan a lo mínimo necesario. Rara vez entienden o usan una metáfora literaria para explicar un fenómeno social.
4). Poca formación emocional para buscar la verdad. Se manejan bajo paradigmas de una cultura del chisme. No dudan, no son escépticos frente a argumentos o consignas que podrían ser discutibles. No acostumbran verificar la información que les da el profesor o que leen en un diario o revista.
5). No saben redactar un ensayo, una memoria, un documento explicativo, una presentación.
6). No tienen cultura general y mucho menos un sentido histórico-cultural para comprender los problemas socioeconómicos. Son demasiado pragmáticos e inmediatistas.
7). Tienen mucho miedo al fracaso, por lo que no se arriesgan a ensayar planteamientos audaces para resolver los problemas nuevos.
8). Son profesor-dependientes. Sin el profesor no saben qué hacer. Además, tienen inculcada la mentalidad del empleado que hace lo que el jefe le indica.
Entre las fortalezas están las conocidas: son ingeniosos, avispados, hospitalarios y cordiales. Sin embargo, eso no alcanza para preferirlos frente a sus pares del primer mundo. Así, en lugar de que la universidad depure la educación escolar con la que llegan los estudiantes, se limita a perpetuar sus vicios. Eso, para el siglo XXI que privilegia la capacidad de procesar información para crear nuevos conocimientos, deja a muchos de nuestros profesionales con desventajas descalificadoras.