Mis enemigos de plata

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A propósito de mis enemigos pinelinos... (y el discurso del alumno que obtuvo la medalla de oro de la promoción, Ariel Bracamonte)  

Si hiciera una lista de los “enemigos” que tengo en la comunidad que cuestionan mi calidad moral y mi labor como supervisor pedagógico, sin duda encontraría que una buena parte de ellos tienen que ver con las medallas de plata que el colegio ha entregado durante los 22 años de mi gestión al frente del colegio.

En algunos casos, son los padres del premiado o la premiada con el 2do ó 3er puesto; en otros casos, son familiares o allegados de estos ‘medallistas’ los que cuestionan las calidades éticas de quienes dirigimos el colegio y del equipo docente, que nos constituiríamos en una especie de mafia que decide desde principio de año (y a veces antes) a quién se le va a dar la medalla de oro, a quien la de plata y quien queda solo en tercer puesto, priorizando por supuesto a los propios familiares o a los amigos cercanos del director.

A partir de algunas piezas puntuales escogidas de la vida escolar de los alumnos o alumnas ganadores de la medalla de oro, que pueden ser reales y censurables, y de las reacciones del colegio frente a ello, se construyen diversas teorías sobre cómo tal o cual examen, tardanza premeditada al colegio y otras maniobras ilustran la manera como el director y los profesores están coludidos en contra de unos y a favor de otros.

Pocos se preguntan si similares faltas censurables no las cometen también quienes logran las otras medallas, o si una ventaja de 10, 15 ó 20 puntos en la suma de notas del primero respecto al segundo son todas atribuibles solamente a la voluntad maquiavélica y perversa del director o algún profesor. Así, en la medida que quien ocupa el primer puesto quizá no sea una persona tan popular o simpática como quizá a veces sí lo es quien ocupa el segundo puesto, se identifican todo tipo de fallas en el ‘ganador’, incluyendo no pocas veces una censura al discurso de quien lo pronuncia como consecuencia del espacio que el colegio le da al merecedor de la medalla de oro.

Sin duda todo discurso puede ser objeto de crítica. Personalmente vivo la experiencia cotidianamente; casi cualquier cosa que digo puede ser interpretada de muchas maneras, algunas afines al sentido que le quise dar y otras contrarias. Pasa con cualquier discurso, más aún si lo hace un o una joven de 16 años. Siempre pensé que escuchar ese discurso era una ocasión para que el discursante diga lo que piensa y los padres y todos escuchemos las reflexiones más íntimas de quien luego de tantos esfuerzos obtiene el primer puesto de su promoción. Nunca pensé que ese discurso debía ser un saludo a la bandera, formal, con libreto pre establecido, bañado de maquillajes que oculten lo que el discursante realmente quiere decir. Claro que tiene que haber respeto y cuidado (razón por la que censuré a más de uno de los discursantes en diferentes años).

Pero, yendo más allá de las discrepancias con lo que piensa el discursante, por ejemplo en el reciente caso de Ariel Bracamonte, ¿acaso su discurso no fue sincero, profundo, personal, íntimo, duro, valiente, fuerte, inusual? Si quien obtuvo la medalla de oro no puede decir lo que piensa, a su manera, y si quienes lo escuchan no toleran que diga respetuosamente las cosas más profundas que le preocupan, ¿estamos hablando realmente de educación, tolerancia, inclusión, solidaridad, valores que el colegio cultiva persistentemente? ¿Debí impedir que Ariel mencione su rechazo a la discriminación por razones religiosas, raciales o de opción sexual? ¿Debí impedir que le dedique el discurso a su madre y que su contenido sea su particular manera de expresar su amor a su madre recientemente asesinada? Si ese discurso lo hubiera hecho una persona muy popular y aceptada de la promoción ¿hubiera reaccionado la gente de la misma manera?.

Quizá algunos imaginan que las cosas serían mejores si elimináramos las graduaciones, los premios, los discursos. Si fuese así, pienso que las agresiones aparecerían por otros lados, porque siempre será difícil aceptar que nuestros hijos o familiares más queridos no siempre puedan ser los primeros o los mejores en los campos que se decidan resaltar, y siempre será tentador buscar culpables externos a quienes atribuir una injusticia.

Creo que hay momentos en los que las instituciones y quienes las dirigen tienen que confrontarse con las pruebas ácidas de la confianza en sus directores y equipos docentes, en sus criterios profesionales y sus calidades éticas. Una institución educativa puede ir contracorriente, porque por algo es educativa, pero no puede estar en la vanguardia si se cuestiona la buena fe de sus educadores..