Nuestro caos político visto desde la educación

Atención, se abre en una ventana nueva. PDFImprimirCorreo electrónico

Ni siquiera en el mundo ideal hay partos sin dolor, pese a que usualmente permiten dar a luz criaturas que alegran la vida de quien las concibe. Del mismo modo, no hay independencias sin desgastantes luchas hasta llegar a la libertad, y no hay reingenierías o fusiones empresariales sin el dolor de los afectados a costa de hacerse más eficientes. 

Piaget decía que el aprendizaje ocurre cuando el equilibrio mental se desestabiliza por algún estímulo externo, y es el procesamiento de ese desequilibrio el que incentiva a encontrar las soluciones que llevan a un nuevo equilibrio.

El Perú en este momento se encuentra en esa dolorosa transición entre un equilibrio político social post captura de la cúpula de Sendero con Fujimori, que se mantuvo a flote con los equipos de gobierno de Toledo, García y Humala, hasta el desequilibrio derivado de la polarización post derrota de la otra Fujimori, que produjo los truncados, imprevistos y breves gobiernos de PPK, Merino, Vizcarra, Sagasti, Castillo y Boluarte, que conforman una transición hacia nadie sabe dónde para recuperar el equilibrio. Una opción para recuperar el equilibrio inestable es más de lo mismo; otra, la del autoritarismo de China, Rusia o más cerca, Cuba. Finalmente la otra opción es la de la democracia participativa siglo XXI cuya fisonomía aún es difícil de imaginar por lo que aún habrá mucho dolor hasta que lleguemos. 

Intuitivamente hay políticos que hablan de un nuevo modelo económico más benefactor y menos liberal; una constitución con un estado más prosocial y benefactor; una democracia más representativa de los intereses públicos que no esté definida por los dueños privados de los partidos políticos o por los caudillos populistas de turno.     

Mientras tanto, vamos tocando fondo. Tenemos gobernantes y políticos oportunistas y populistas animados por intereses particulares sin reparos respecto a la corrupción, una sociedad que los elige y revoca cuando inevitablemente no cumplen sus mentirosas promesas, una población que se nutre de mitos y rumores porque no hay palabras creíbles en la vitrina, inversionistas y talentos peruanos que fugan al exterior, contracción económica y sálvese quien pueda hasta el próximo round, u -ojalá- hasta que aparezca una masa crítica de personas de la reserva moral y democrática del país que se unen para ofrecer una alternativa creíble que devuelva el equilibrio a la nación. 

Allí es donde se hace visible el fracaso de nuestra educación, que apuntala el individualismo e indiferencia hacia el prójimo, el memorismo como valor superior al razonamiento crítico, la competencia para que los ganadores sojuzguen a los perdedores, la insensibilidad frente a los problemas nacionales que gritan para ser atendidos, el autoritarismo como forma de gobierno para “mantener el orden por la fuerza” por falta de incentivos para la autoregulación, la ausencia de la voz de los estudiantes para definir los criterios de conducción institucional, etc. 

A falta de canales formales de expresión y confrontación constructiva, ocurre este “acting out” violento de las frustraciones colectivas.

Lo que el Perú necesita es convertir a su infancia y juventud en esa reserva moral y democrática capaz de imaginar y procurar el diseño de una sociedad en la que la justicia y el bien común sean los valores supremos. Convertir la rémora de nuestra educación tradicional en la potente fuerza de la innovación que rompa los convencionalismos del pasado para fugar hacia adelante y encender los motores internos de la creatividad, la motivación para el aprendizaje y la armoniosa convivencia social entre nuestros estudiantes. Esto es posible solo si los futuros ministros de educación abandonan la tradicional fórmula de más de lo mismo y abordan con valentía una verdadera reconstrucción educativa.

La pregunta es qué llegará antes: una generación educada a la medida de lo que el Perú demanda, o una catástrofe social de caos, anarquía y represión.

Como no tenemos la respuesta, asumamos que apuntalar una educación con sentido ético, participativo y social orientada hacia el bien común puede llegar antes… mientras tratamos de sobrevivir al vaivén de los dolorosos, costosos y caóticos desbordes anárquicos. 

Lo que hagamos hoy definirá las conductas sociales de las próximas décadas.

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