La primavera de la democracia peruana

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En los años 2010-2012 las poblaciones sometidas a dictaduras en el mundo árabe fueron  partícipes de la denominada “primavera árabe”, con una organización espontánea mediada por las redes sociales clamando democracia y derechos sociales, que tuvo distintos niveles de éxito en Túnez, Egipto, Libia, Siria, Yemen, Argelia y Omán. 

Esa primavera política que en el Perú se había expresado previamente en el año 2000 a través de la “Marcha de los 4 suyos” que sacó del poder dictatorial a Alberto Fujimori, no produjo la suficiente energía democrática para modificar las retrógradas, incompetentes e ineficientes instituciones que deberían procurar la inclusión y el bienestar de toda la nación peruana. 

Ahora tenemos una nueva versión de esa primavera política que está recibiendo una renovada inyección de energía democrática principalmente por vía de una juventud militante que no está dispuesta a quedar impasible frente a los grandes males de la política peruana. 

Veamos: para no retroceder demasiado en el tiempo (porque tenemos problemas con nuestra democracia desde el inicio de la república), como producto de las elecciones del 2016 tuvimos una discutible mayoría absoluta congresal fujimorista (pese a solo tener el 40% de los votos válidos de las ánforas), que incapaz de llegar a acuerdos de gobernabilidad con el Ejecutivo presidido por PPK crearon un ambiente hostil que desembocó en la renuncia de PPK (a punto de ser vacado). Seguidamente tuvimos la designación del traicionero Martín Vizcarra, con la consecuente ingobernabilidad que lo llevó  al constitucionalmente discutible cierre del congreso con la posterior elección de otro  congreso atomizado muy cargado de personas de dudosa integridad moral, para el cual el soberbio Vizcarra fue incapaz de colocar una bancada que le dé estabilidad a su gobierno. 

Ese congreso esta semana declaró una constitucionalmente discutible vacancia presidencial del gobernante Vizcarra -personaje de discutible moral ciudadana y notable incompetencia para el cargo-, siendo reemplazado por el ciudadano Manuel Merino de discutible talento político, obligado a renunciar ante el hartazgo ciudadano (que no hay que olvidar -lección para las próximas elecciones- que en muchos casos eligió a esos congresistas de conducta censurable). 

Desde las tribunas, apelando al horario de oficina y a una agenda previa ya cargada, los príncipes del tribunal constitucional se toman todo el tiempo del mundo para filosofar sobre la constitución, en lugar de tomarle el pulso al país y actuar de oficio de inmediato.

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