Ciudadanía: imposible complacer a todos

Atención, se abre en una ventana nueva. PDFImprimirCorreo electrónico


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Un posteo reciente en el que aludí a la “absurda” nueva costumbre de tocarse los codos o antebrazos para saludarse, la que además no permite mantener los 2m de distancia social,  trajo como consecuencia tres tipos de reacciones: identificación  (quienes piensan igual), reflexión (quienes no habían pensado sobre el tema o quienes piensan y actúan distinto pero están dispuestos a confrontar su punto de vista) y rechazo (quienes valoran y/o han asumido esa costumbre y la defienden atacando a quien piensa distinto). 

Frente a cualquier tema opinable que se postee, estos últimos son los que llenan de comentarios hostiles y descalificadores la sección de reacciones y comentarios de los posteos del Facebook, Twitter, los medios de comunicación, etc.

Creo que es un buen ejemplo de cómo cuando alguien opina sobre un tema, o sea toma una posición -cosa que los columnistas de opinión hacemos todo el tiempo-, se produce una dispersión de reacciones. Quizá si en lugar de decir “absurda” nueva costumbre hubiera dicho “curiosa”, “novedosa”, “llamativa”, “reciente”, etc. nueva costumbre, no hubiera generado ninguna reacción adversa, pero tampoco hubiera logrado que el segundo grupo aludido pensara en el asunto como para revisar su conducta actual o la posibilidad de que la asuma en el futuro, y que eventualmente la modificara porque la pensó mejor.

¿Es posible -deseable- entonces escribir opiniones sin fijar una posición? Quien sabe esto es lo que debe servirnos de evaluación respecto a nuestra cultura democrática y procurar entender hasta qué punto una educación de “verdades únicas” sin disidencias, como la que tenemos en la mayoría de las instituciones educativas a cargo de los profesores (dueños de esa verdad), nos hace tanto daño. Esa costumbre de descalificar, denigrar o simplemente eludir a quien está en desacuerdo con nosotros, nos quita la oportunidad de confrontar y perfeccionar nuestros puntos de vista, y abrir juego a interesarnos y hasta valorar lo que piensan otros y que nos confrontan con sus planteamientos, en la medida que se expongan como discrepancias alturadas que no ofenden al interlocutor.  

Lo deseable en una comunidad democrática sería que los del tercer grupo aprendan a aceptar opiniones discrepantes en lugar de descalificar a ellas y a sus portadores. Es más, que se acostumbren a interesarse en opiniones que confrontan las que uno tiene de partida, sea para ratificarlas o para ampliarla o modificarlas en función de esas confrontaciones. 

Quizá esa dificultad ayude a explicar por qué nuestros gobernantes y legisladores son tan poco competentes para comprender y resolver los problemas del país y para comunicarse con los diversos estamentos de la población. Es la costumbre de informarse o rodearse de gente que piensa como uno, y de descalificar o excluir a todo aquél que piensa distinto. Por eso hay tan poca creatividad e innovación, por eso hay tanta lentitud para darse cuenta de los errores, por eso hay tanta ineficacia. En suma, por eso perdemos todos. 

Sería muy útil que se revise en los colegios, universidades y medios de comunicación cómo se abordan los temas polémicos, cuan diversos son los puntos de vista que se incorporan en una  conversación y cuánto esfuerzo se hace para encontrar algún tipo de acuerdo para implementar lo que parece la mejor solución en un contexto determinado, sin vencedores y vencidos, sin ofensores y ofendidos. 

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