Lo entrenan para jugar fútbol, pero lo evalúan cuando toca el violín (La evaluación de alumnos en educación a distancia)

Atención, se abre en una ventana nueva. PDFImprimirCorreo electrónico


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Así como el debate sobre la equivalencia entre las clases presenciales y las virtuales tenía poco sentido porque las primeras simplemente eran imposibles y de lo que se trataba era de crear una nueva fórmula que permitiera mantener la continuidad del proceso de aprendizajes de los alumnos, también las interrogantes respecto a la evaluación de las clases a distancia tiene poco sentido si es que se pretende que se evalúe a los alumnos “como si hubieran ido al colegio de modo presencial”. Es decir, se caería en el mismo error de aspirar a estas   equivalencias, si es que se pretende que las clases a distancia se evalúe con los mismos criterios e indicadores que las presenciales.

Aún en el supuesto de que se mantuviera el formato de evaluación tradicional principalmente  vía exámenes para identificar qué aprendieron los alumnos, el margen de error sería enorme porque no hay forma que el profesor que examina a los alumnos sepa que está pasando más allá de lo que ve en la pantalla del alumno (pueden estar chateándose las respuestas por ejemplo, o recibir ayuda de los padres o hermanos para contestar las preguntas). Y en el caso de las transmisiones por TV o radio, la situación es más diversa y crítica aún. 

Tendría más sentido asumir que este año atípico ha producido aprendizajes distintos a los convencionales y si nos enfocamos en eso, quizá estemos más cerca de una evaluación relevante de los aprendizajes. 

En primer lugar, no se puede evaluar a todos por igual. La esencia del aprendizaje virtual es la interactividad y el acceso a la multiplicidad de recursos disponibles para resolver cada reto o indagación. Eso es casi inexistente en el caso de las trasmisiones por TV o radio, así como en las sesiones virtuales en las que el profesor “dicta clase” y los alumnos pasivamente deben concentrarse para ser receptores pasivos de la transmisión. Ésta fórmula es equivalente a la  usada en clases presenciales convencionales que ya se mostró caduca a fines del siglo XX como medio para lograr aprendizajes significativos en los alumnos. 

Cuando una persona entra a Internet, sabe por dónde va a empezar pero no sabe por dónde va a terminar, porque va abriendo y cerrando ventanas en función de su necesidad de averiguación o interés. Nunca sabe anticipadamente por donde navegará y adónde terminará. Siendo así, las clases virtuales bien entendidas deberían aprovechar esa modalidad de aprendizaje para diseñar los retos y provocaciones para los alumnos. Así, en vez de seguir la secuencia lineal correlativa de un libro que se avanza sucesivamente página por página, se podría trabajar a partir de temas provocadores (en lo posible tomados de la realidad próxima de los alumnos) y desde allí abrir múltiples opciones de avance que no deberían estar predeterminadas por el profesor, porque eso anularía toda la exploración espontánea de los alumnos. Eso se facilita cuando los alumnos investigan preguntas que aún no tienen respuestas consensuadas por los científicos (cómo curar el cáncer o coronavirus), temas polémicos (la obligada cuarentena frente a las libertades civiles), o asuntos del futuro que están por ocurrir (la privacidad en el mundo de la hipervigilancia con cámaras y sensores en todas partes). De la manera que un estudiante aborde esos temas no sólo se evidenciará si es capaz de aprender a aprender, sino que se harán visibles todos los aspectos del aprendizaje que un profesor de estos tiempos debe considerar en su evaluación (que dicho sea de paso, debe incluir un componente de autoevaluación y coevaluación entre pares). 

El multimedia virtual conectado a Internet por lo tanto es un escenario ideal para el trabajo interdisciplinario en cualquier tema que los alumnos investiguen, para que estos alumnos se conviertan en verdaderos estudiantes, y sean el centro del aprendizaje en vez de ser los  usuarios periféricos de lo que otros decidieron imponerle como “educación básica”. 

Todo esto requiere reformular el currículo nacional actual que es propio del siglo pasado, de modo que el quehacer en el mundo digital virtual (que los estudiantes requerirán por toda su vida post escolar) sea sustantivamente distinto al del mundo tradicional presencial (que los convierte en inválidos intelectuales y emocionales para desempeñarse con éxito como ciudadanos digitales globales en ese nuevo mundo). Así mismo, apunta a alentar a los profesores a salirse de los parámetros rígidos de los programas tradicionales para enfocarse realmente en el desarrollo de las competencias que todo ciudadano pleno y productivo necesita para salir adelante en el mundo de hoy. No hay compatibilidad entre cumplir un programa preestablecido por los profesores (programa centrado) y desarrollar las competencias que plantea el propio Minedu (alumnos centrada).

No faltarán profesores que pregunten ¿cómo evalúo a los alumnos si es que no tomo exámenes? Esa pregunta denota un apego por la enseñanza presencial tradicional que vive pendiente de los exámenes, tareas, trabajos, estándares, uniformidad, jerarquías de notas, etc. Un profesor que entiende el valor de la interactividad en el aprendizaje evalúa al estudiante en cada momento del proceso, cuando pregunta, cuando discute, cuanto argumenta, cuando discrepa, cuando trabaja en grupo, cuando trae información relevante sobre el tema que se está discutiendo, cuando plantea hipótesis para resolver problemas, cuando redacta un ensayo, cuando aporta ideas originales, cuando hace un esquema o resumen, cuando explica su punto de vista, cuando resuelve bien algo que no se enseñó en clase, cuando denota compromiso por la comunidad, cuando interviene impidiendo el bullying o asistiendo a un compañero en dificultades  … ¿Para qué necesitan exámenes? ¿Es posible creer realmente que decirle a un alumno “prepárate para el examen que te tomaré el 20 de junio a las 11 am con el balotario adjunto y el formato de preguntas con respuestas previamente ejercitado”, reflejará lo que el alumno sabe? 

El saber de un estudiante se detecta mediante todos los indicadores que mencioné antes que no requieren examen alguno para evaluarse. Aclaro que no estoy diciendo que no se evalúe. Lo que estoy diciendo es que si se quiere reflejar en una evaluación lo que el alumno aprendió tienen que conocerlo por su quehacer del día a día, y si lo conocen, no necesitan exámenes.

Los alumnos han pasado por una experiencia traumática: han tenido que migrar de lo conocido a lo desconocido, de lo presencial a los virtual, del fútbol al violín. Han tenido que hacer un enorme esfuerzo de adaptación, organización, disposición mental para concentrarse, cambio de hábitos de trabajo, lidiar emocionalmente con el estrés del encierro y el agotamiento familiar, responder a las consignas de los profesores por medios novedosos, compartir su TV o equipo electrónico e Internet con los demás miembros de la familia, atender las necesidades del hogar a la par que se vincula con el colegio, explorar el mundo social por medios virtuales, todo lo cual conlleva a una alta resiliencia y capacidad de adaptación… ¿no es suficiente para evaluar cómo se están desarrollando y madurando los alumnos? 

En el rol de padre, dadas las circunstancias atípicas traumáticas, me hubiera gustado que los profesores de mis hijos me hablasen de eso, en vez de que me manden un boletín en el que le pongan una letra o nota a cada área curricular que no me va a decir nada respecto a lo que realmente han aprendido y lo que se llevan consigo para el resto de sus vidas. 

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