En una democracia ¿quién tiene una opinión imparcial, objetiva?

Atención, se abre en una ventana nueva. PDFImprimirCorreo electrónico


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Me pregunto con frecuencia a qué le llamamos objetividad, cuando todos los actos y expresiones humanas tienen una carga de subjetividad desde el momento que son producidas por un individuo específico y son distintas de uno a otro. 

¿Es objetivo cuando un ministro aquilata como válida la postura del gobierno y descalifica o minimiza la de quien la confronta o discrepa? ¿Es objetivo el médico que opina sobre mantener la el aislamiento físico y social frente al emprendedor independiente que sostiene que ya es demasiado? ¿Es objetivo quien deseando acceder a un bien (digamos, la educación en cierta entidad privada) no puede acceder a ella y la critica? ¿Es objetivo quien teniendo cercanía a ese bien la defiende? ¿Es objetivo quien no tiene ni desea ese bien pero considera que su existencia es tóxica para el bien común (por argumentos ideológicos)?

¿Son objetivas las “pruebas objetivas” de selección múltiple cuando el profesor subjetivamente decide sobre el universo de posibilidades cuál es el tema sobre el que va a preguntar, qué ítem escogerá, de qué forma hará la pregunta, qué alternativas de respuestas planteará y cuál es la que considerará correcta? (la mayoría de preguntas que he visto en pruebas de este tipo deberían tener como respuesta “depende” la cual nunca aparece como opción)

No deja de llamarme la atención que haya quienes reclaman que las posturas de los analistas o comentaristas como yo sean objetivas, y que critiquen que seamos parcializados cuando opinamos  sobre un concepto con el que tenemos una relación positiva, como por ejemplo la educación privada, porque ello supone que nos quita imparcialidad u objetividad. En otro casos puede tratarse de la posición frente a la devolución de las AFPs, la autorización del Delivery, el propio aislamiento físico, un impuesto a los bienes o ingresos, la salida de los niños a la calle, etc.  

No conozco analista serio que reclame ser objetivo o imparcial, porque eso no existe. Más bien creo que suponer que existe es un reflejo más de una educación rígida, que lleva a los alumnos a pensar que todo problema tiene una y sola una opción de solución correcta, y es la que tiene el profesor o el libro escogido para el curso. Eso evidencia la falta que hace una educación ciudadana   que permita entender que todas las posiciones personales son subjetivas, porque inclusive al citar evidencias científicas se escogen las que se alinean con lo que el expositor prefiere o intuye como más cercanas a la que cree verdadera. Qué mejor ejemplo que la diferencia entre las posturas de los epidemiólogos suecos, alemanes, coreanos, israelíes y los peruanos respecto al control de la pandemia del coronavirus, basados en la ciencia disponible en el mundo.  

Lo que nos falta como sociedad es entender que si frente a un problema asumimos que hay una y solo una posición valedera, no hay posibilidad de aprender nada unos de otros, porque lo que habrá será un juego de poder para ver quién gana con la posición de partida que tiene. Con ello perdemos la oportunidad de construir conocimientos más complejos, que es el producto de la confrontación de ideas que van llevando a que unos y otros afinen sus posturas, las perfeccionen y aprendan unos de otros. En términos educativos o laborales es lo que denominaríamos “trabajo en grupos”, cuyos productos suelen ser muy superiores frente a los trabajos individuales, que son los que aún dominan la educación tradicional.  

Hay gente que a veces me confronta diciendo “Ud. antes decía A y ahora dice B” como si fuera una evidencia de error o inconsistencia. Yo más bien diría que si no somos capaces de hacer eso, de ir modificando nuestras posiciones, es porque no somos capaces de aprender nada de los demás, o de entender que cada época y contexto demanda posturas adecuadas a esa nueva realidad, que pueden ser diferentes y hasta opuestas a las previas. Se convierte en motivo de descalificación aquello que debería ser motivo de aprecio. Además, como educadores, aceptar la invariabilidad de posiciones de partida significaría asumir que los alumnos, padres o colegas no pueden cambiar su manera de ver el mundo o relacionarse con los demás a lo largo del tiempo, porque sería una expresión de inconsistencia o volubilidad. O sea, que hay que adoctrinar en vez de educar.

Creo que como nación lo que deberíamos procurar es que todas las personas se atrevan a expresar sus puntos de vista subjetivos, que haya quienes expresen sus discrepancias o miradas alternativas, y que haya mucho más debate que perfeccione nuestros conceptos, en vez de descalificar a todo aquél que opina diferente al del expositor. Junto con eso entender que una cosa es confrontar y argumentar en contra de una posición, y otra cosa es descalificar la opinión del expositor por considerarla “subjetiva” o parcializada aludiendo a su vinculación afirmativa con el asunto que está en discusión. Otra peor aún, es denigrar u ofender o descalificar al expositor por sus ideas (a esos los retiro del FB para beneficio de todos).

Por ejemplo, en el contexto actual, que se descalifique a quienes sostienen que hay normas oficiales que dañan la educación privada, aduciendo que como son personas que pertenecen al mundo de la educación privada están parcializados y por lo tanto su opinión no es válida porque no es objetiva. O que se descalifique casi como si fueran antipatriotas a quienes discrepan de la manera como el gobierno ha manejado y está manejando la epidemia del coronavirus en los diversos sectores, y que lamentan cómo es que éste muestra un comportamiento tan errático a la hora de hacer planes o emitir normas para regir la vida del país.  

Creo que el gobierno y el ministerio de educación tienen la oportunidad de evidenciar que creen   realmente en la importancia suprema de la educación ciudadana para la vida democrática, para lo cual harían bien en dar el ejemplo desde su propia actuación pública. Así, en lugar de sorprender a la población con normas que están llenas de fallas, inconsistencias y contradicciones, podrían ponerlas primero en debate para recoger la diversidad de pareceres, y solo entonces proponer una versión final que aun siendo “de parte” (porque el gobierno tiene que gobernar), al menos haya sabido responder a la mayoría de las confrontaciones que se le pueden hacer en relación a los efectos de su implementación.

Supongo que a todos les debe haber pasado que la tercera, cuarta o enésima versión de algún texto que hayan producido suele ser mejor que la primera. El gobierno debería entender que a sus normas le pasa lo mismo. 

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