Coronavirus: escenario para cerrar brechas. Podemos tener la mejor educación a distancia de América Latina

Atención, se abre en una ventana nueva. PDFImprimirCorreo electrónico


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El mes de marzo 2020, ninguno de los países del mundo tenía desarrollada la educación básica a distancia para todos sus alumnos. Algunas excepciones como el homeschooling o educación a distancia para enfermos en hospitales atendía a un reducido grupo de usuarios de la educación tradicional, aunque traducida al formato generalmente asincrónico que posibilita esa educación a distancia.

Eso significa que las brechas de calidad educativa asociadas a instalaciones físicas, número de alumnos por salón, asistencia a las clases no interrumpida por problemas de transporte o trabajo, violencia escolar, etc. dejaron de ser relevantes. Quedaban por supuesto las diferencias que marcan la calidad de los profesores y su capacidad de adaptarse a nuevas tecnologías y formatos de enseñanza a distancia, pero en eso los maestros de todo el mundo son muy diversos, entre los que rápidamente se adaptan y los que se quedan relegados.

La epidemia del coronavirus además ha puesto a disposición de todos los maestros y alumnos del mundo de modo gratuito (al menos en las modalidades básicas) las mismas plataformas y recursos en internet para todos.

Siendo así, la brecha de partida entre la educación peruana y la de los países más desarrollados y nuestros más cercanos latinoamericanos al iniciar la suspensión de clases y migración a la educación a distancia era pequeña. 

¿Qué hicieron los países que se adaptaron rápido? Inmediatamente movilizaron a sus equipos técnicos y profesionales al servicio de la causa, convocaron a las empresas privadas y a los expertos para diseñar propuestas, sacaron normas rápidas y relativamente simples para convivir con la educación a distancia, y salieron a correr. Los colegios empezaron a crear sus propuestas, los profesores empezaron a capacitarse y a relacionarse con los estudiantes, incluyendo el ensayo y error de diversas  alternativas, hasta alcanzar un modelo más maduro que se pudiera sostener durante todo el año escolar (y el futuro). 

El Perú se tomó demasiado tiempo para eso, entre la ausencia del ministerio con normas rápidas, claras y precisas que ubiquen a padres, maestros y alumnos en el nuevo contexto, y las interminables discusiones cobre la calidad equivalente y el costo comparativo de la educación virtual frente a la presencial (pese a la imposibilidad de ofertar estas última). Esto ha derivado en una parálisis frente al desarrollo de propuestas innovadoras, enorme pérdida de energía física y mental de directivos, profesores y padres en estas discusiones desestabilizadoras, y el peligroso debilitamiento de la confianza entre padres y colegios, y entre colegios y ministerio de educación que puede tener implicancias serias en el corto plazo y largo plazo para la educación básica privada que atiende a dos millones de alumnos.

Si bien la educación a distancia en zonas que no tienen acceso a Internet y computadoras está en desventaja frente a la urbana pública y privada que sí lo tienen, y así ha sido antes de la epidemia también, en todos los países -y Perú no es la excepción- hay un efecto de cascada en los desarrollos educativos que se van gestando en los colegios públicos y privados más avanzados e innovadores respecto a los demás, por el efecto de demostración y las sinergias que luego impactan en todos los demás. 

El gobierno peruano hasta ahora ha optado por desarrollar una frondosa y paralizante legislación incluyendo el reciente DL 1476 para intentar resolver el impase entre padres y colegios por temas de pensiones escolares. Quién sabe una norma más sencilla y de aplicación directa respetando el espíritu constitucional hubiera sido más facilitador de ese vínculo. No hay que ser adivino para saber que los conflictos entre padres y colegios con ese DL 1476 se extenderán hasta la matrícula del próximo año por la cantidad de observaciones y reclamos que esa norma permite.

Sabemos que una vez dada la norma, salvo que se declare inconstitucional, quedará vigente. Pero al menos hay la oportunidad vía reglamento de acotar las condiciones de desaliento y parálisis que el acoso interminable de los padres insatisfechos le impondrán a los colegios privados. Hay una oportunidad para reenfocar las energías creativas del propio ministerio y de los colegios en busca de sacar el mayor provecho a las circunstancias adversas para avanzar y evitar que se vuelvan a abrir las brechas con los demás países que nuevamente se despuntarán por haberse dedicado a lo esencial sin desgastar las energías colectivas en temas que seguirán irresueltos.

Si el gobierno del Perú se propusiera como meta “tener la mejor educación a distancia en América Latina” y convocara todas las energías de todos los profesores, directores y gestores educativos  de avanzada de colegios públicos y privados para ese fin, el escenario sería muy alentador y optimista. Para diseñarla e implementarla y difundir sus lecciones bastan algunas normas que faciliten la innovación y desarrollo de nuevas estrategias y modalidades para apropiarse colectivamente de las más exitosas y funcionales, y tranquilizar los ánimos de los actuales actores en conflicto con lo que el panorama podría ser muy distinto al del desaliento y crispación actual. 

Invoco al gobierno a que lo haga. Estoy seguro que como respuesta habría muchos dispuestos a asumir el reto. Y con ello la educación peruana en su conjunto daría un enorme salto hacia adelante. 

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