Perú: Abrir espacios comunitarios para los intelectuales judíos

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Aurora Digital Israel 19/07/2012  León Trahtemberg, educador peruano

Perú: Abrir espacios comunitarios para los intelectuales judíos

Hay gobernantes que de palabra o hecho desprecian a los intelectuales, como si fueran pensadores etéreos incapaces de aportar algo serio. Sin embargo, la evidente falta de visión, los reiterados errores y desvaríos del presidente peruano Ollanta Humala, frente a los tremendos problemas sociales, muestran que su aporte hace falta para comprender y actuar más acertadamente.

El presidente Humala ha preferido rodearse de una mezcla de asesores militares y mediáticos que no tienen experiencia, lenguaje ni capacidad de gestión política, prescindiendo a los pocos meses de iniciado su gobierno de todos aquellos intelectuales liderados por el Primer Ministro Salomón Lerner, que -aunque con un sesgo izquierdista que ya no era de su agrado- traían un enorme caudal político en sus alforjas. Estos no fueron reemplazados por otros dejando un vacío que se siente en los vaivenes e incoherencias de gobierno.

Al escribir estas líneas en el artículo “Si Ollanta Humala escuchara a los intelectuales...” (La Industria de Trujillo, 1/7/2012), me quedé pensando en la analogía con la comunidad judía del Perú. Una rápida e incompleta evocación mental de los líderes de opinión judíos que destacan en la vida nacional me sorprende con la larga lista de nombres muy representativos en todos los campos: Julio Cotler (sociólogo y analista político); Gustavo Gorriti (periodista de investigación); Abraham Levy (analista del clima “El Hombre del Tiempo”); Eddy Fleischman (líder comentarista de programas deportivos); Roberto Lerner (psicólogo y analista político y social); Saul Peña (fundador del psicoanálisis en el Perú); Samuel Gleiser (presidente de Perúcamaras -de comercio-); Anat Kehati (activista del diálogo interreligioso); y tantos otros profesionales distinguidísimos como Jack Bigio (abogado), Isi Flit (ingeniero), Benjamín Alhalel (médico), Mayer Zaharia (médico), Moisés Lemlij (psicoanalista), etc. a los que me sumo desde mi rol de comunicador social en educación, más una larga lista de distinguidos empresarios.

Lo curioso del asunto es que prácticamente todos ellos desempeñan sus tareas en las que son notables, fuera de la comunidad judía, y son mucho más reconocidos fuera de la comunidad que dentro de ella.

No puedo evitar formular la pregunta ¿qué hace que una comunidad de 3,000 judíos (0.001% de la población nacional) haya producido relativamente tanta gente con capacidad de destacar en sus campos, asumir liderazgo público, pero a la vez estar ausentes o ser marginales dentro de la comunidad judía? ¿Qué pasaría si al menos una parte de toda su energía intelectual, capacidad académica y profesional, inteligencia, se invirtiera para perfeccionar la vida judía del Perú?

Por lo que conozco de otras comunidades judías latino americanas, les ocurre algo similar. Eso inevitablemente me lleva a preguntarme autocríticamente qué ha pasado con la dirigencia comunitaria y las políticas de transmisión religiosa y de educación judía de las últimas generaciones que han producido este resultado, que de no revertirse no augura mucho futuro a nuestras comunidades.

Tengo algunas hipótesis no excluyentes. Una, en las comunidades pequeñas, los líderes comunitarios de más peso se agotan prematuramente, lo que hace que una vez cumplido su “servicio comunitario” se aparten y dejen el camino a otros que no heredan su sabiduría y experiencia acumulada. Como hay un número finito de líderes notables, los que entran en su lugar no siempre están a la altura del reto. Dos, el avance de las ambiciones personales por el bienestar material, propio de la época, hace que mucha gente prefiera dedicar su tiempo al progreso personal más que a las tareas comunitarias, lo que hace que los espacios dirigenciales queden disponibles para quienes quieran asumirlos, que no necesariamente son los más calificados. No pocas veces responden a intereses personales o a la necesidad de complacer algún complejo. Tres, la educación defensiva llego a su límite: “no te juntes con los no judíos” lo único que hace es marcar una línea divisora entre lo que uno hace dentro de la comunidad y lo que uno hace fuera de ella, entre lo judío y lo no judío. O en otras palabras, no puedes estar en ambos espacios a la vez: tienes que escoger uno de ellos. Si quieres estar adentro, en cierta manera, no puedes estar afuera. Esto se hace más notorio aún cuando se trata de personas que han asumido un matrimonio mixto. Cuarto, si no hay proyectos interesantes para que los profesionales y académicos judíos puedan aportar dentro de la comunidad, es natural que busquen hacerlo fuera de ella. Quinto, los rabinos poco a poco están pasando de ser percibidos como líderes espirituales a ser percibidos como funcionarios comunitarios (al servicio del poder terrenal).

Sin duda hay decenas de dirigentes, rabinos y activistas comunitarios brillantes, dedicados, generosos, que conforman la reserva judía sobre la que aún se sostiene la vida comunitaria. Pero si no se logra que una masa crítica de ellos esté a cargo de las comunidades judías, su futuro no parece ser muy promisorio. Quizá el reto de los dirigentes lúcidos de nuestros tiempos está en hacer un esfuerzo para entender el presente y visualizar el futuro, para tomar las acciones que garanticen la continuidad judía de las comunidades, como la soñaron sus fundadores.