Trabajos manuales revalorizados

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TRABAJOS MANUALES REVALORADOS
Por León Trahtemberg

Un ejecutivo formado académicamente que nunca hizo trabajo manual tiene mayores probabilidades de equivocarse y afectar a los dependientes que aquél que tuvo experiencias haciendo trabajos manuales. Estos permiten constatar de inmediato los efectos reales del uso de sus capacidades, cosa que no ocurre las credenciales o diplomas académicos, según sostiene Matthew B. Crawford en su artículo “El caso de trabajo con las manos” (NYT, 24/5/2009) 

Después de concluir su doctorado en filosofía política en la universidad de Chicago en el año 2000, por falta de mejor empleo siguió trabajando un año en su postdoctorado a la par que se dedicaba a desarmar y rearmar su vieja motocicleta Honda en un taller en el sótano de su casa. Su carácter físico,  concreto y las claras especificaciones de lo que ello requeriría resultó para el una bendición. Tenía que contactar vendedores, conseguir repuestos, probar piezas nuevas para adaptarlas, etc.

La crisis de empleo ha creado una situación en la que aquél que tiene habilidades mecánicas puede tener beneficios, como por ejemplo para arreglar por sí solo sus artefactos y automóviles. Pero aún cuando pase la crisis, esta época de la tecnología de la información ha tenido el sorprendente efecto de incrementar la demanda de trabajadores manuales como gasfiteros, electricistas y mecánicos automotores. No olvidemos que no se puede clavar un clavo o arreglar un carro por Internet. 

En nuestra cultura académica meritocrática si un joven talentoso escoge ser mecánico en lugar de académico se le juzga como excéntrico o autodestructivo. Los padres se ponen ansiosos porque no siguió la única ruta del éxito -la académica, en instituciones prestigiadas-. Es más, en la escuela los niños más inclinados a la acción son controlados artificialmente con todo tipo de medicaciones tranquilizadoras.

El gran error de esto está en pensar que porque el trabajo ensucia, es estúpido.  Eso no es cierto. Es más, sin la oportunidad de aprender a través de las manos, el mundo se ve abstracto y distante, incapaz de promover la pasión por el aprendizaje. 

Tener un taller mecánico en el que uno se la pasa investigando modelos, resolviendo problemas, y enfrentando retos nuevos, es altamente motivador e intelectualmente desafiante.  Frecuentemente se requiere pensamiento complejo para entender los síntomas y detectar las causas de un problema mecánico, y emitir un juicio razonable sobre los caminos a seguir para resolverlo (¿muy distinto al del médico?). Uno desarrolla un particular olfato y oído para oler y escuchar las máquinas y detectar problemas a partir de ello. Además, como en cualquier profesión, hay que saber muchísimo sobre el tema. ¿Cómo se arregla una motocicleta de 30 años de antigüedad que salió del mercado hace 20 años?  

En suma, el trabajo mecánico exige una serie de habilidades intelectuales y éticas que muchas veces pasan desapercibidas incluyendo la exigencia de la  meta cognición que obliga a pensar sobre la forma como pensamos cuando intentamos resolver un problema y tenemos que estar alertas sobre los posibles errores cometidos. Esta capacidad es a la vez cognitiva y moral.

La experiencia visceral de enfrentar el fracaso parece haber sido editada de las trayectorias profesionales de los estudiantes talentosos. Ocurre entonces que aquellos profesionales o académicos altamente calificados que terminan siendo los que toman las decisiones gubernamentales que nos afectan a todos, no parecen tener un sentido claro de su propia falibilidad y de cuán mal pueden resultar las cosas aún cuando los hayan hecho con la mejor intención. Cuando el decisor está lejos de los afectados por sus decisiones, no tiene la sensibilidad frente a los errores que sí tiene aquél que encara diariamente a sus clientes cara a cara. 

Siendo así, ¿por qué no animar a los estudiantes más talentosos a que pasen una temporada en un taller de mecánica, reparando artefactos, máquinas o automóviles, aprendiendo aquello que jamás aprenderán en las aulas universitarias, antes de convertirse en los líderes que administrarán nuestros destinos? 

La retroalimentación inmediata que se obtiene del trabajo con los objetos materiales y en las interacciones cara a cara entre servidor y cliente permite  desarrollar ese amplio sentido responsabilidad que se instalarán en sus  percepciones y hábitos para convertirse en una ventaja para sus quehaceres profesionales. 

Los padres y educadores de vanguardia tienen al frente un reto educativo de envergadura. Desvestirse de sus prejuicios y su ceguera educativa, y ponerse en la primera línea de quienes orientan a sus hijos a hacer trabajos manuales, así sea en forma de prácticas laborales, en las vacaciones o a la par de sus quehaceres escolares y universitarios. Sin duda lo que aprenderán de esa experiencia tendrá impacto durante toda su vida laboral.

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