Enfrentemos los hechos

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El 29 de abril y el 3 de mayo fueron fechas centrales en el calendario judío peruano: tuvieron lugar el debate palestino-judío en el Congreso de la República y la masiva concentración de 700 simpatizantes de Israel en la plaza Washington para expresar su solidaridad con Israel, así como su apoyo a la búsqueda de la paz y la lucha contra el terrorismo. Siendo eventos importantes para el debate público peruano que ha estado tan invadido por imágenes, noticias, entrevistas y editoriales sobre el medio oriente, llamó mucho la atención la insignificante cobertura que recibieron estos hechos por parte de los medios de comunicación peruanos.
Cuando colocar una noticia se convierte en “un favor” logrado por un allegado al propietario de un medio de comunicación, nos vemos obligados a pensar no solamente en el “profesionalismo” de las empresas periodísticas, sino también en las maquinarias de intereses que imponen las agendas políticas y comunicacionales mundiales y nacionales, que no devienen de una objetividad ética sino del cultivo de los intereses de los grupos de poder de diversa escala, para los cuales la simpatía hacia el pueblo judío o el Estado de Israel no ocupan un lugar preferencial.
Europa podría vivir perfectamente bien (y quizá más cómoda que ahora) si no existiera Israel. En cambio no podrían vivir un solo día sin el mercado y el petróleo árabe, lo que se traduce claramente en su política exterior y en sus medios de comunicación.
La ONU es un club de representantes políticos de los 200 países del mundo, con una enorme burocracia cuyos cargos y remuneraciones dependen de la cúpula que dirige el Secretario General, el cual elige funcionarios para garantizar que los intereses de las coaliciones mayoritarias sean debidamente atendidos. ¿No es sorprendente que un país como Siria que está en todas las listas de países que apoyan el terrorismo sea miembro del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas? Para que Koffi Annan sea reelegido necesita, al igual que en su primera cadencia, el visto bueno árabe-africano, y no tener el veto norteamericano. Es fácil entender las actitudes de Annan a lo largo el reciente conflicto.
EE.UU. es un reciente aliado estratégico israelí, el cual descubrió la conveniencia de esta alianza recién en los años 1970’s. Durante la II Guerra Mundial EE.UU. fue muy restrictivo en sus cuotas de inmigración para los judíos perseguidos, y luego no mostró mayor entusiasmo para apoyar la Partición de Palestina ni el nacimiento del Estado de Israel, lo cual trató de evitar o diferir no pocas veces. Una vez creado el Estado Judío no le vendió un solo fusil. Israel luchó con armas checas, viejos tanques Sherman y más adelante con aviones Mirage franceses. Solo cuando EE.UU. descubrió el valor estratégico de Israel con su poderosa democracia y capacidad militar, y la ventaja comercial y publicitaria de utilizar los Phantom en lugar de los Mirage, los norteamericanos empezaron a apostar por Israel.
Los diversos organismos de Derechos Humanos tienen agendas loables, en las que los judíos debemos ser activos partícipes, pero también tienen ecuaciones inaceptables, que los judíos debemos denunciar. Para muchos de estos organismos, las 22 dictaduras totalitarias árabes sin libertades políticas ni de expresión y con degradantes tratamientos a las mujeres no aparecen en ninguna agenda de lucha o denuncia notoria. A la vez, le conceden a estos países más consideraciones y menos censuras que las que le otorgan a Israel, el único estado democrático humanista de la región, que tiene una poderosa prensa y partidos políticos de oposición que hacen un severo escrutinio de cualquier violación a los derechos humanos de su gobierno.
No leí ninguna condena tajante e incondicional de estos organismos respecto a los crímenes de los suicidas palestinos, al uso de los niños como carne de cañon, a la violación del espacio religioso y el secuestro de sacerdotes en la Iglesia de la Natividad, al uso indebido de ambulancias para trasladar explosivos, a la ejecución sumaria de los denominados “colaboradores” palestinos. Con pocas excepciones son organizaciones que para calificar a los muertos palestinos causados por operaciones de represalia israelíes usan los adjetivos más brutales como “crímenes”, “masacres” y “terrorismo de estado”, pero para calificar a los niños, mujeres y ancianos israelíes asesinados por el terror aluden simplemente a su condición de muertos o heridos, sin importar la cantidad o circunstancias, justificando explícita o implícitamente el ataque terrorista como una respuesta natural de los extremistas de un pueblo ocupado que desesperadamente luchan por su liberación.
La conclusión es evidente. En un mundo en el que los intereses institucionales particulares y las razones de estado no siempre atraviesan los planos éticos, en el que las correlaciones de fuerzas suelen afectar a las minorías y ponerlas a merced de las mayorías o de los poderosos que tienen los privilegios del veto o del doble estándar, solo podemos depender plenamente de nosotros mismos, de nuestra conciencia humanitaria, de nuestra unidad, recursos y convicciones, y de nuestro prestigio como baluartes de los valores a los que aspira la parte sana de la humanidad.
El pueblo judío fue elegido y se autoeligió para llevar a cabo tareas difíciles en la humanidad: primero, mejorarse a sí mismo; luego, intentar mejorar a los demás. Somos optimistas porque creemos en un mundo mejor, y porque confiamos en que nuestra autocrítica es nuestra fortaleza. La manera como los políticos mundiales y los medios de comunicación nos han tratado en estos meses nos deben llevar a ver que estamos en un momento de prueba muy difícil en un mundo que nos comprende y quiere cada vez menos. Nuestra continuidad depende de un estado judío muy dividido y polarizado en asuntos políticos y religiosos, que exporta sus divisiones internas al resto de las comunidades judías del mundo, cuyos líderes tienen menores capacidades de lucha y sacrificio por las causas comunitarias o nacionales que las que tuvieron sus antecesores. A la par observamos que la autoestima judía e israelí en no pocos casos está revestida de ostentación, egoísmo y omnipotencia, lo cual nubla nuestra vista a la hora de captar una realidad que nos obligaría a actuar con la mayor ponderación, humildad y prudencia.
Solamente si vamos a recuperar nuestra unidad en la diversidad y nuestro apego a los valores y prácticas ancestrales, estaremos en condiciones de tolerar la angustia que nos genera la inequidad de los intereses mundiales, y de seguir adelante con nuestra lucha por cambiar el mundo en aquello que violente la justicia social y la paz, que son requisitos insustituibles para alcanzar el bienestar universal.