La educación puede hacer daño

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Las políticas en educación tienen dos dogmas de base que impiden que sean altamente productivas y eficaces para lograr los máximos aprendizajes de los todos los alumnos. Uno, la creencia de la que educación es buena por sí misma por lo que no puede hacer daño. Eso lleva a no tomar nota de los efectos secundarios adversos que tienen algunas decisiones de política o estrategia educativa. Por ejemplo, la aplicación de las ECE, la estimulación temprana, el currículo por áreas, etc. tienen una serie de efectos secundarios que los proponentes no toman en cuenta ni tampoco informan sobre ellos.

El otro, la creencia en las panaceas educativas. Es decir, que hay un enfoque, método o estrategia que es la correcta para todos, lo que también lleva a estar ciegos frente a sus limitaciones y efectos adversos. Sus proponentes solo buscan que aportar evidencias de su efectividad (usando básicamente los resultados de los tests estandarizados cognitivos) desconociendo los resultados no cognitivos que no son medidos -cualidades personales, interés, creatividad, pensamiento crítico, auto-regulación, motivación, bienestar psicológico, compromiso). Es raro encontrar propuestas que reporten ambos, los efectos benéficos y los perjuicios que ocasiona una intervención, sea estrategia pedagógica, metodología, currículo etc. Sin embargo, lo ético sería informar quién se beneficia, quién se perjudica y a quien le es indistinto, no solo en el corto plazo sino también en el largo plazo. 

Esto lleva a generar guerras sobre cuál es la versión correcta que debe derrotar a la otra y ser impuesta a todos por igual. Ocurre en terrenos tan diversos como la confrontación de la escuela pública con estrategias como los vouchers, concesionarios y privatización; el tamaño de la clase y la proporción entre profesores y alumnos; la priorización de la inversión en educación (inicial, básica, superior, investigación); estrategias como repitencia, niveles, separar o incluir niños con discapacidades o talentos especiales; la forma de evaluar profesores; etc.

En el fondo, es una guerra ideológica entre los que creen en la educación tradicional currículo centrada (con programación estricta que viene dada para todos los alumnos por igual) y los que creen en la educación niño centrada (que parte de los intereses de los niños diversos respetando su individualidad para construir con ellos sus aprendizajes). O si se quiere, el “sentido común” educacional dominante del siglo XX que es currículo centrado versus el actualizado y aún resistido del siglo XXI que incorpora lo no cognitivo y es alumno-centrado. 

El Perú todavía está atracado en los paradigmas del siglo XX, por lo que su educación da vueltas en trompo en torno a un sistema que aburre a los alumnos, no se conecta con sus intereses, y no produce los resultados esperados. Sólo una agresiva política de innovación educativa podría romper esas ataduras. Ojalá el Minedu lo entendiera así.

En FB: https://www.facebook.com/leon.trahtemberg/posts/2070670839700107

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