Una mirada retrospectiva de mi camino como educador

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UNA MIRADA RETROSPECTIVA DE MI CAMINO COMO EDUCADOR (Por León Trahtemberg)

Si el 31 de diciembre tiene un valor simbólico como oportunidad para hacer una pausa para un balance sobre el pasado y proyecciones para el futuro, este año me sentí motivado a hacerlo con respecto a mi propia carrera como educador.  Ocurre que aun estando sano, estar rodeado de amigos y  familiares enfermos lleva a pensar en la finitud de la vida humana, que a veces  se extingue sin aviso. También lleva a pensar en las facetas de la vida que uno ha ido dejando atrás y las que aún desea alcanzar.

En mis entrevistas, conferencias y posts diarios en Facebook y mi blog procuro explicar mi  pensamiento educativo en función de los temas que interesan en el momento, para que se sumen al abanico de opiniones diversas que hay sobre cada tema; pero pienso que quizá también puede  ser interesante una mirada retrospectiva más transgeneracional, que es la que en esta columna me gustaría compartir.    

Hay varias cosas que fui aprendiendo con el paso de los años que afortunadamente pude ir replanteando para las sucesivas etapas de mi carrera de educador.  

La primera generación de alumnos que tuve bajo mi liderazgo educativo, aproximadamente entre el año 1984 y 1995, estuvo muy marcada por mi tendencia hacia la excelencia educativa de los alumnos en términos de logros académicos. Creía en la exigencia académica tradicional, con mucho trabajo orientado a cumplir los programas, tareas, tomar exámenes para evaluar lo aprendido, privilegiar las matemáticas y las ciencias, hacer competir y jerarquizar a los alumnos en orden de mérito en función de sus promedios de notas, premiar a los sobresalientes y jalar a los que no lograban buenos resultados, ser estricto al sancionar de los “indisciplinados”… etc. Eso permitió seguir acumulando el reconocimiento del “León Pinelo” como un colegio  cuyos egresados ingresaban a cualquier universidad exigente sin mayor problema.  El costo fue alto para los alumnos que tenían problemas de aprendizaje o dificultades sociales y de conducta por razones emocionales o TDAH, que se sintieron  incomprendidos, estresados, excluidos. Algunos me lo han sacado en cara alguna vez ya como adultos.

Paulatinamente, conforme se iba armando un fenomenal equipo de colegas lúcidos, psicólogos, mi amigo psicoanalista Dr. Marcos Gheiler (Z”L), mi esposa Anat, y analizando las vivencias escolares de mis hijos  Daniel, Uriel y Talia y los de mis amigos cercanos, además de la inspiración de mis suegros Eliahu y Dunia Kehati, mis viajes y lecturas, fui dándome cuenta que había un abismo entre “ser buen alumno”, portarse bien, sacar buenas notas, ser postulante exitoso para el ingreso universitario, y ser “buena persona”, que cultiva su personalidad e intelecto, valores, responsabilidad social y sentido de comunidad (ciudadanía), lo que muchas veces lleva a algunas “buenas personas” a  parecer rebeldes, confrontadoras,  displicentes o trasgresoras. Claro que a veces ambos coinciden –alumno con buenas notas y buen ciudadano- pero no necesariamente es así, y hay suficientes contraejemplos como para sostener que no hay una correlación automática entre uno y otro. Si había que escoger, prefería inclinarme a lo segundo, y eso marcó mi siguiente etapa entre 1996 y 2008, hasta que concluí mis servicios en el León Pinelo.

En esa etapa se hizo más notoria la presencia de las dimensiones sicológicas y sociales en el trabajo con los alumnos y las familias, se apuntaló el trabajo artístico y deportivo, se dio más peso a las humanidades, se incorporó la discusión de la actualidad nacional y mundial al cotidiano curricular, se abrieron opciones de  cursos electivos para que los alumnos escojan las áreas a profundizar en función de sus intereses, se armaron grupos multi-edades para diversos cursos y actividades, se crearon actividades de voluntariado, se eliminaron la mayor parte de las tareas y la rigidez de la evaluación -los exámenes  se hacían con fórmulas, libros y cuadernos a la mano evitando la memorización-, con diversas oportunidades adicionales para los desaprobados-; se redujo la competencia entre los alumnos y la exclusividad de los premios -abriendo el abanico para premiar a todos los alumnos distinguidos en las diversas áreas del quehacer escolar-.  

Sin embargo, quedó como objetivo no resuelto optimizar la dimensión social en las relaciones interpersonales; no logramos revertir satisfactoriamente la tendencia de algunos padres y alumnos a la discriminación por razones económicas y a la exclusión de los “diferentes” por razones religiosas, étnicas o su forma de expresar su sexualidad. Algunos resentidos me lo han sacado en cara alguna vez ya como adultos.

Terminando mi ciclo en el León Pinelo, en mis consultorías y conferencias ponía sobre la mesa  estos retos pendientes, invitando a mis colegas a pensar en ellos, abordarlos y pensar juntos en las  fórmulas más eficaces. También  publiqué un libro “Los errores de los cuales aprendí” (SM, 2010) que pretendí fuera un aporte para quienes quisieran sacar algún provecho de mis experiencias en la dirección escolar. 

Con el paso de los años siguientes fui descubriendo que todas estas innovaciones y propuestas de cambio en los enfoques educativos estaban en la buena  dirección -pensando en las demandas del siglo XXI para nuestros alumnos y egresados-, pero que  aún faltaba algo: lograr que los egresados sean más corajudos, comprometidos con el prójimo y luchadores por el bienestar común. Es decir, más militantes para interesarse y actuar sobre los problemas de la comunidad y el medio ambiente, más solidarios para compartir su bienestar con quienes lo necesitaran, más alertas y más desenvueltos para denunciar y luchar contra la ostentación, discriminación, violencia, apatía y la corrupción. En suma, mejores ciudadanos (que es una deficiencia notable en general en la sociedad peruana), sin desconocer que siempre podremos citar ejemplos de egresados que son ciudadanos notables, lo que no minimiza que haya allí aún mucho por hacer. Todo ello además me llevó a publicar un nuevo libro ""Desaprender y Reaprender: reflexiones sobre la función directiva" (SM 2014), intentando sistematizar todos estos aprendizajes y retos.

Por eso es que al participar de la creación del Colegio Áleph (2013), llevé conmigo esta misión de crear un espacio educativo en el que además de gestar una generación de estudiantes autónomos, creativos, innovadores, éticos y socialmente competentes, éstos disfruten de su experiencia  escolar, tengan la formación y habilidades para ser productivos y solidarios en escenarios impredecibles, buscadores y solucionadores de problemas, contribuyentes al  bienestar de su comunidad, constructores y participantes de la vida democrática, motivados para hacer juntos un mundo mejor. Afortunadamente  me encontré con dos copromotoras brillantes que desde sus propias experiencias tenían pretensiones convergentes (Fiorella de Ferrari Marisol Bellatín), y gracias a su gran inteligencia, creatividad y pasión educativa logramos armar un equipazo con educadores peruanos del más alto nivel que está convirtiendo en realidad ese sueño educativo llamado Áleph, así como nuestra expectativa de convertirlo en un referente mundial para los interesados en la educación innovadora de calidad. 

Sin duda hay otros colegios que tienen propuestas inspiradas en convicciones y valores similares que ensayan  otras metodologías y aproximaciones pedagógicas, que inclusive podrían parecer opuestas a las nuestras. Lo bueno de la educación privada es que da la oportunidad a los diversos  públicos a escoger la propuesta que calce mejor con sus propias convicciones. Ojalá llegue el día que también se permita a la educación estatal optar por  propuestas diversas que emerjan del criterio educativo de padres, profesores y alumnos de cada comunidad educativa. Apuntalar esa opción también es parte de mi misión como educador peruano, que trato de reflejar en mis diversas apariciones en público.  

Esta es mi retrospectiva como educador al 31 de diciembre del 2017. Si ella motiva a la reflexión educativa de alguno de los lectores, habrá valido la pena escribirla.

Feliz año 2018  

Dedicado a mi amiga Fanny Vexelman. Deseo que el año venidero 2018 nos asombre con novedades que nos hagan muy felices.  

En FB: https://www.facebook.com/leon.trahtemberg/posts/1611359032297959?pnref=story   

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