La educación de antes era peor (Velaverde)

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En diversas oportunidades escuchamos a políticos, congresistas y comentaristas en medios sostener que hay que devolver al currículo escolar la educación cívica, educación en valores, instrucción pre militar, disciplina estricta de antes y dejar los temas de sexualidad para la familia. Su visión es que eso que se hacía antes era bueno y lo que se hace ahora carece de todas esas bondades,  usando como referentes los pocos conocimientos actuales de los egresados escolares reflejados en las pruebas de admisión universitarias, respuestas ante encuestas o preguntas al paso para programas o concursos televisivos, y los altos niveles de “indisciplina social” expresados en la delincuencia juvenil, barras bravas, promiscuidad sexual, consumo de drogas y alcohol.

De este modo idealizan la educación de antes confinando el juicio sobre la buena educación al que hacen de la escuela actual y a las deficiencias de formación en los niños y maestros de hoy.

Sin embargo, esa es una visión muy restrictiva sobre lo que es la educación, porque excluye lo que ocurre en la familia, las calles, los medios, los institutos y universidades y particularmente en la sociedad de los adultos de quienes aprenden los niños. Es decir, excluye el impacto de cómo actúan los padres en el hogar y las figuras públicas en la sociedad.    

Si observamos el comportamiento del mundo adulto por ejemplo en dos temas del ámbito educacional  muy polémicos que se han suscitado en los primeros meses del año 2017, podemos tener una buena muestra del comportamiento de los adultos cuando algo los irrita en la vida cotidiana. Empezó el año con la exigencia de un sector de los padres de postergar la edad de corte para el ingreso al colegio en 1er gado del 31 de marzo al 31 de julio (sin haber cumplido los seis años), y la de eliminar el currículo de educación sexual desarrollado por el ministerio de educación. Al frente del ministerio de educación que tiene el rol rector del estado para definir pautas y normas inclusivas que respondan al anhelo democrático y a los saberes científicos sobre lo que es una educación integral de calidad para estos tiempos, vimos a un sector importante de los adultos confrontándolo con enormes niveles de fanatismo e intolerancia, reflejando un tremendo déficit educativo en cuanto a los valores y mandatos enunciados en nuestra constitución y la capacidad de vivir en democracia. Si a ello le sumamos el caso Odebrecht  y el ambiente generalizado de corrupción, inseguridad ciudadana, indolencia en los servicios públicos,  falta de prevención para desastres naturales recurrentes, incapacidad de resolver los temas álgidos de   la atención de la salud y el tránsito cuya solución compete a los adultos, se llega a la conclusión que la educación de antes fracasó, porque sus egresados han sido impotentes e incapaces de construir una sociedad democrática sana y competente para resolver los problemas del desarrollo, capaz de crear espacios educativos que ayuden a sus hijos a construir una cultura de paz, aprecio por la diversidad e integración social.

Veo difícil que las aspiraciones antes mencionadas se realicen cuando no pocos adultos se comportan como si fueran parte de una continua barra brava fanática que irrumpe en el escenario público y las redes sociales con todo tipo de expresiones denigrantes hacia todo aquél que opina de modo diferente al suyo sobre los asuntos de debate en una sociedad moderna. Al lado de un pequeño porcentaje de adultos con posturas contrarias a las normas debidamente argumentadas, ponderadas o con interrogantes planteadas con seriedad, está la avalancha de reacciones hepáticas, vomitivas, llenas de adjetivos descalificadores, que evidencian una incapacidad estructural de escuchar el punto de vista del otro, procurar entender su postura, asumir que desear algo o imponerlo no es lo mismo, y que en un estado de derecho los gobiernos tienen la obligación de normar la vida ciudadana pensado en el beneficio colectivo y la inclusión sin quedarse atrapados en las demandas de grupos con agendas particulares

Imaginemos por ejemplo que los jóvenes de hoy quisieran crear un movimiento de opinión en favor de alguna reivindicación que les parece atendible, digamos, que la secundaria empiece a las 9 a.m. en vez de las 8 a.m. para respetar el ritmo biológico de los adolescentes (acorde con los saberes científicos), ¿cómo lo harían? ¿qué conductas públicas tienen a la vista para imitarlas?

Si bien no se puede generalizar porque todo tema social tiene matices y grises entre el blanco y negro y hay una gran diversidad de situaciones y posturas particulares que relativizan las culpas de los forjadores de cada generación, lo menos que podemos pedir de los adultos particularmente de los políticos y líderes de opinión es que asuman su responsabilidad para cambiar aquellas cosas que dependen de ellos en su desempeño cotidiano. 

Si queremos alimentar de optimismo nuestras perspectivas futuras sería conveniente convertir a las escuelas en espacios democráticos cuyo eje ético dominante sea la búsqueda de hacer de nuestro país un Perú mejor. Eso supone romper la complacencia con mantener el estado de cosas pasado, modificar las conductas adultas y motivar a los alumnos en la escuela a confrontarse con la realidad, detectar aquello que creen que se debe mejorar e invertir esfuerzos para hacerlo. 

En eso, el ministerio de educación debería ser el motivador y los adultos los ejemplos a seguir.

(1) En FB https://www.facebook.com/leon.trahtemberg/posts/1044732195627315?notif_t=like¬if_id=1489197678766949 

 (2) En FB (extenso) 

 

 

 

 

 

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