Hacer una pausa académica al egresar de la secundaria

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No apurarse hacia la educación superior
Revista Velaverde  09 01 2017 

Hace unos días compartí en mi Facebook una reflexión sobre la ruta a seguir de los egresados de secundaria preguntando retóricamente ¿por qué al terminar el colegio los jóvenes tienen que seguir de inmediato a la universidad o los institutos superiores? ¿Por qué no tomarse un par de años para clarificar valores, vocaciones, viajar, trabajar, cultivar hobbies, hasta estar maduros para asumir una carrera que se inspire en la  verdadera pasión de c/u?

En Europa los alumnos terminan el colegio hacia los 19 años (hay uno o dos años más de escolaridad respecto al Perú) y muchos se toman un tiempo para viajar, ampliar horizontes, hacer voluntariados, servir en las FF.AA., trabajar para juntar dinero que solvente luego sus necesidades económicas mientras estudian, etc. En países como Israel todos los egresados del colegio hacen 2 años (mujeres) y 3 años (hombres) de servicio militar, luego se toman uno o dos años para viajar o trabajar y solo entonces van a la universidad. Llegan con una madurez, claridad vocacional, decisión para dedicarse a la carrera escogida, que les permite graduarse luego de una carrera muy exigente. 
 
¿Tiene sentido escoger prematuramente una carrera condenándose a un estudio insulso y luego a una vida laboral aburrida y desapasionada? 
 
¿Tiene sentido para los jóvenes peruanos ingresar a los 17 años a la universidad o instituto superior, escogiendo carreras en años previos a los 15 ó 16 sin mayor madurez presionados por el marketing universitario o influidos por los pareceres de padres, profesores o amigos, cuando aún no maduraron ni  visualizaron su pasión? Si los catedráticos de los primeros ciclos hicieran públicas sus preocupaciones sobre estos jóvenes, dirían que buena parte de ellos dedican poco esfuerzo a estudiar, viven del mínimo esfuerzo, repiten una, dos y tres veces los cursos, cambian fácilmente de carreras, se exigen poco y finalmente egresan con una formación muy frágil. ¿No les iría mejor si se tomaran un respiro  esclarecedor al terminar el colegio? 
 
Entiendo que habrá quienes digan que esa pausa de un año “libre” es un lujo para los que lo puedan pagar (aunque la propuesta es que se autofinancie con sus ahorros, préstamos o trabajos) o que no hay  muchas oportunidades para el empleo juvenil, pero a lo que voy es a que si pensamos que la propuesta tiene sentido, quizá c/u a su manera podría intentar encontrar la fórmula que haga viable esa pausa en   la determinística linealidad académica que rinda sus frutos cuando sean estudiantes mucho más maduros para la educación superior.  En todo caso, es lo que le aconsejo a mis familiares, a los padres de mis alumnos  y todo aquél que me consulta sobre el tema. 

Lo que me mueve a reflexión son dos reacciones preocupantes de los lectores a lo que es una simple invitación a revisar nuestros paradigmas habituales de conducta. Una, la de quienes se ubican rápidamente en la postura de “me parece bien pero no se puede”, “es iluso”, sin darse la pausa para darle algunas vueltas a la posibilidad de pensar que “sí se puede”, aunque ello suponga plantear condiciones previas que lo hagan viable. Quizá conversándolo y pensándolo un poco más aparezcan algunas luces de opciones viables.
 
Es preocupante la dificultad que tienen muchos para tolerar ideas discrepantes sin caer en la descalificación del interlocutor 
 
La otra, más preocupante, es la de quienes en lugar de reflexionar sobre la propuesta para resolver si contiene algo interesante, al lado de muchos que expresan alturadamente sus argumentos a favor o en contra, están quienes para sostener su argumento me agreden o descalifican por sostener esa propuesta. No dejan de impresionarme los argumentos de quienes estando en desacuerdo con ella, argumentan que nace de la ignorancia del autor, de su indiferencia respecto a la situación de los pobres, el desconocimiento de la realidad, etc.
 
Algunos me dicen “no le hagas caso”; siempre hay gente hostil o argumentos fuera de lugar. Sin embargo, me deja pensando: si 2 ó 3 de cada 100 peruanos piensa y actúa así, ¿no tenemos acaso un serio problema? Si esos comentaristas fueran maestros ¿qué impacto en la formación de ciudadanía tienen con los alumnos a su cargo? ¿Y si fueran funcionarios públicos? ¿Congresistas? ¿Fiscales o jueces? ¿Policías? 
 
Creo que una de las tragedias de la educación peruana radica en la incapacidad de construir escenarios de formación democrática en muchos de los colegios, universidades, centros de trabajo  y en la forma en que muchos medios comunican sus informaciones, para los cuales los temas de estudios y los problemas sociales solo tienen una versión “correcta” con la que todos deberían identificarse, y cualquier planteamiento divergente o discrepante con esa posición de una u otra  manera es descalificada.
 
Muchas escuelas peruanas están estructuralmente concebidas como contextos dictatoriales, en los que el alumno no tiene voz ni voto, y debe someterse sumisamente a la versión oficial (única) de las cosas que transmite el libro o profesor. Cualquier postura discrepante es interpretada como rebeldía, mala conducta, falta de dedicación al estudio o falta de adaptación al sistema y se sanciona para “domesticar” al alumno, bajándole puntos o expulsándolo.
 
Estas cosas son las que me llevan a pensar que urge revisar en serio la formación ciudadana y democrática de los peruanos, y que los debates sobre currículo, estrategias pedagógicas, valores, normas, etc. debieran tener como norte esos valores más que los puntos adicionales que obtendremos en pruebas nacionales o internacionales si entrenamos eficientemente a los alumnos.         
 
 
 
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