La tecnología debe ser invisible

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Correo 18 11 2016

La tecnología debe transformar la escuela, no suplantar a los docentes. No es una herramienta neutral. Está reescribiendo la manera como pensamos sobre todas las cosas en nuestra sociedad. Su potencial es ilimitado pero deberíamos ser cuidadosos con su uso para la educación. 

El hecho que un estudiante use una laptop u otro equipo electrónico e integre la tecnología a la educación no significa que ocurra un “aprendizaje moderno”. La tecnología debe estar allí pero debe ser invisible. Debe usarse para inquirir, crear, compartir, colaborar, investigar, aprender. Lo esencial no es el uso de la tecnología sino el aprendizaje. 

Cuando la tecnología se vuelve invisible y los alumnos usan una combinación de libros, internet, entrevistas a expertos, interacción por las redes, se desplaza el foco de la tecnología hacia la investigación, colaboración y comunicación estética de las ideas. Cuando la tecnología se vuelve invisible en la escuela, el aprendizaje se convierte en el foco. Esa debería ser la meta de la incorporación de la tecnología a la educación. (Building Schools 2.0 de Lehmann y Chase, pags. 215/6 y 221/3)  

En cuanto al software, debemos ser escépticos sobre su capacidad para individualizar el aprendizaje en la medida que su diseño aspira a que los alumnos aprendan los mismos contenidos definidos por los estándares comunes para todos. Allí se termina la personalización de la enseñanza que debiera darles la oportunidad a los alumnos a escoger lo que quieren aprender, y en particular focalizarse en sus fortalezas y no sus debilidades como en el sistema  tradicional.

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La poderosa economía de la educación. El sector tiene ante sí el desafío de reducir la desigualdad en los pupitres. La mejor estrategia, por lo tanto, pasa por minimizar el tiempo de ajuste entre velocidad tecnológica y educación. “Resulta imprescindible anticiparse y diseñar medidas educativas que ayuden a reducir los costes de transición. Cuanto más rápido sea el cambio, menor será el impacto”, analiza Oriol Aspachs, director de Macroeconomía de CaixaBank Research. Pero el cambio no es abrazar con desespero las tecnologías de la información sino identificar qué persigue el mercado de trabajo (creatividad, habilidades comunicativas, emprendimiento) y adaptarse. El filósofo Fernando Savater censura esta obsesión reciente de mezclar en las aulas la memoria y el deseo de las empresas. “La educación no puede supeditarse a lo inmediato, no puede responder solo a formar ‘empleados’ o ‘empleables’ ni puede dejar que las compañías diseñen, de acuerdo con sus necesidades, los planes de estudio. Educar es desarrollar la humanidad e ilustrar a los futuros ciudadanos. Los saberes en apariencia inútiles en el plano de la rentabilidad crematística (literatura, filosofía, historia) son los más útiles para la persona libre, no para el que tenga vocación de siervo; que es lo opuesto a la ciudadanía”. Quizá el sentido profundo de la educación sea solo eso: crear ciudadanos y no siervos.