El derecho de los niños a perder

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Blog Padres de hoy  Diarios Regionales 20/10/2013

Muchas familias, clubes deportivos  y colegios han traducido las recomendaciones de los  psicólogos de evitar traumatizar a los niños que tienen algunas dificultades en una actitud de recompensar a todos por cualquier cosa que hagan. Incluso ahora se otorgan trofeos y medallas a todos,  por el solo hecho de participar. Se quiere transmitir a los niños la sensación de que siempre son ganadores, o que todos son ganadores.  

Por eso es bueno estudiar el efecto de las alabanzas y las recompensas en los niños. Lo que se conoce es claro: los premios ocasionales o producto de mucho esfuerzo pueden ser motivadores poderosos, pero el reconocimiento sin parar no inspira a los niños a tener éxito. Es más, puede desalentarlos. 

Sobre el tema Ashley Merryman escribió un interesante artículo “Losing Is Good for You” (New York Times, 24/09/2013) en el que cita hallazgos de la psicóloga Carol Dweck de la Universidad de Stanford quien encontró que los niños en un principio responden de manera positiva a las alabanzas y disfrutan de escuchar que son talentosos e inteligentes. Pero después de muchos  elogios respecto a sus habilidades innatas, tienden a colapsar ante las primeras experiencias de  dificultad. Desmoralizados por el fracaso que no saben cómo digerir, prefieren evadir la situación de riesgo en lugar de hacer nuevos intentos por superarlos.

Los investigadores Bradley Morris y Shannon Zentall pidieron a varios niños en un experimento controlado, que hagan dibujos. Los que escucharon elogios por su trabajo respecto a su talento innato se obsesionaron dos veces más que los otros con los errores que habían hecho. El paso siguiente es abandonar ante algo exigente.

A los 4-5 años los niños ya no pueden ser engañados con trofeos. Ellos saben quién hace las cosas muy bien y a quién le cuesta trabajo hacerlo. Pero aquellos que pueden sentirse animados a   competir, si saben que automáticamente van a recibir una recompensa, actúan como si pensaran  ¿para qué esmerarse? ¿Por qué molestarse en aprender a resolver problemas? 

Merryman sostiene que si él fuera un entrenador de béisbol, solo tendría tres premios: al mejor en todo, al que tiene mayor progreso y al que muestra más deportividad, y les daría una lista de cosas  que hay que hacer para ganar cada uno de esos premios. Sabrían desde el primer momento que la excelencia, la mejora, el carácter y la persistencia son valorados. 

Sin duda antes de castigar a los niños se debe tener en cuenta sus niveles individuales de desarrollo cognitivo y emocional, para lo cual hay que hacer un seguimiento de cada uno,  cambiando el enfoque de trabajo si hay resultados negativos. Sin embargo, cuando se trata de premios, sostener que los niños deben ser tratados todos de manera idéntica -todo el mundo siempre tiene que ganar- parece un error. Eso solo produce resultados negativos para los niños concretos y para la sociedad en su conjunto. 

Quienes estudian los recientes aumentos en el narcisismo en los estudiantes advierten que cuando las salas de estar están llenas de trofeos de participación el mensaje cultural  parece ser que para tener éxito basta con participar. Poco a poco los estudiantes de colegio y universidad llegan a la conclusión que si se puede recibir premios y reconocimientos sin que haya mediado un trabajo esforzado ¿para qué esforzarse?. En no poco casos, hay empleados que por  asistir puntualmente a todas las jornadas de trabajo y actividades creen estar en la línea para merecer algún reconocimiento o ascenso. 

La verdad de las cosas es que en la vida muchas veces se pierde más de las que se gana, aún si alguien es bueno en un campo. Las personas sólidas son aquellas que pese a ello siguen adelante  sin resignarse. Si los niños cometen errores, no se trata de convertirlos en victorias decoradas. Se trata de enseñarles a subsanar sus errores, superar sus dificultades y contratiempos, tolerar las frustraciones, de modo que puedan entender que el éxito es función del progreso a lo largo del tiempo y no el resultado de una victoria o derrota en particular. 

El niño tiene que recuperar su derecho a perder. 

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Artículo afín: El peligro de criar niños narcisos  por María Cristina Jurado (El Mercurio (Chile) reproducido por el Tiempo de Colombia el 10 05 2015)

La actitud de los progenitores no es totalmente responsable del narcisismo de un niño.

Brad Bushman, doctor en psicología social y profesor de Comunicación Social en la Universidad de Ohio, cambió la forma de criar a sus tres hijos al terminar, a finales del 2014, una de las investigaciones más novedosas de su carrera. “Nuestros hallazgos científicos, que nos tomaron dos años, nos mostraron que un niño sobrevalorado por sus padres será probablemente un joven y un adulto narciso, que tendrá dificultades para funcionar en sociedad”, dice este psicólogo con 30 años de experiencia.

El experto se puso una meta desde entonces: decirles a sus hijos “los quiero mucho”, en vez de “ustedes son lo mejor”, para enseñarles que cada miembro de la raza humana es igualmente valioso.

La creencia es compartida por Eddie Brummelman, coinvestigador del estudio ‘Mi hijo es el regalo de Dios a la humanidad: desarrollo y validación de la escala de sobrevaloración parental’. “Se llega más lejos en la vida tras sentirse amado y aceptado, que luego de creerse el niño-rey”, advierte.

Este investigador de la Universidad de Ámsterdam es uno de los cuatro científicos que trabajaron de manera activa en Europa para complementar el trabajo de Bushman. En equipo, este año produjeron el que se considera el primer estudio longitudinal sobre los orígenes del narcisismo, publicado en febrero en el Journal of Personality and Social Psychology de Estados Unidos.

“El narcisismo tiene profunda influencia en la sociedad. Es un rasgo de personalidad negativo, hasta peligroso, porque va unido a altos niveles de agresividad y a muy bajos niveles de empatía. Hasta aquí, la ciencia no había estudiado sus orígenes; nosotros quisimos averiguar cómo se desarrolla en un niño, porque todo parte en la infancia. Descubrimos que los padres que sobrevaloran a sus hijos tienden a construir narcisos”, dice Bushman.

Y agrega: “Es una forma de crianza arriesgada: si un niño en pleno crecimiento se convence de que es el mejor de todos, jamás querrá mejorar ni corregirse como adulto. Si los padres entienden este riesgo, si aprenden y reflexionan, pueden transformarse en un instrumento de educación potente”.

Por su parte, Brummelman sostiene: “El narcisismo es un rasgo fascinante de la personalidad. Los niños narcisistas se sienten superiores a sus pares, están convencidos de que ameritan todos los privilegios y su meta es ser admirados. Pero estudios han probado que cuando un narciso es rechazado o humillado, puede desatar una tormenta de agresiones –explica–. Un adulto narciso puede convertirse en un peligro para la sociedad y nunca vivirá una vida equilibrada. Porque, tarde o temprano, la realidad contradice sus creencias: nuestras mediciones probaron que los narcisos no son, necesariamente, más inteligentes ni tienen mejores notas ni les va mejor en la vida que a sus pares”.

Padres narcisos

Otra dimensión que afloró en este estudio es el nexo directo entre padres que son narcisos y su mayor tendencia a la sobrevaloración de sus hijos. “Los padres tienden a mirar a sus niños con anteojos color rosa, pero hay tendencias diversas. Desde la psicología antigua, los teóricos han observado que algunos padres poseen visiones infladas y poco realistas de sus hijos. La sobrevaloración filial fue un concepto introducido por primera vez en psicología por Freud. Ella es especialmente alta en padres narcisistas. Perciben a sus hijos como más inteligentes de lo que sus tests de coeficiente intelectual prueban”, indica el estudio.

No obstante, la actitud de los progenitores no es totalmente responsable del narcisismo de un niño. Hay otros poderosos factores que inciden, como la carga genética y los rasgos propios del temperamento.

Rasgos de personalidad

La infancia tardía –entre 7 y 12 años– es la edad en que afloran rasgos de la personalidad que permiten visualizar el narcisismo incipiente, de acuerdo con Brummelman.

Y es que en este periodo de la vida, un niño ya adquirió suficiente capacidad cognitiva para poder autoevaluarse desde la perspectiva de los otros. Las encuestas midieron narcisismo, autoestima, sobrevaloración parental, calidez emocional. El resultado del trabajo científico apoyó la teoría del aprendizaje social: todos los niños con rasgos claros de narcisismo habían llegado a ese estado por tener padres que los sobrevaloraban.

Es fácil para un niño que recién despunta al mundo el “creerse el cuento”, si lo escucha permanentemente de sus máximas figuras de respeto: sus padres. “Es normal que si un pequeño escucha día a día que es el mejor, el más inteligente, el más capaz y el más bello, lo interiorice. Al crecer, sus expectativas pueden estrellarse con la realidad”, agrega Brummelman.

Otra sorpresa de este revolucionario estudio fue que se probó que los padres que crían a sus hijos con calidez y les brindan atención emocional y contención producen niños seguros de sí mismos y con alta autoestima, aunque jamás hayan escuchado “que son los mejores”. Eso, porque la contención emocional no está ligada a la sobrevaloración. Estos niños, además de estar mejor armados en la vida, dicen Bushman y Brummelman, no correrán riesgo de sufrir algunos trastornos de la salud mental que sí acechan a los narcisos en la adultez.

Y, debido a las huellas de individualismo exacerbado presentes en las personalidades narcisas, estudios anteriores en psicología observaron que “personas de culturas individualistas como la occidental corren riesgo de sufrir niveles más altos de narcisismo que las culturas colectivistas, como las orientales, por ejemplo China”, señala el holandés.

Pero ¿un hijo único está en mayor riesgo de ser un narciso? “Sí, corre un riesgo ligeramente mayor. Pero, una vez más, todo recae en la crianza que reciba”, indica el estudio.

El doctor en psicología de la Universidad de Mississippi del Sur Christopher Barry concluyó en su investigación ‘Narcisismo y maquiavelismo en los jóvenes’, del 2010, que, simplemente, los narcisos no son felices. “Un mundo narciso sería un lugar muy solitario. Quien padece este rasgo, si bien hace amigos fácilmente, no los conserva. Tiene una visión inflada de sus cualidades, reñida con la realidad, lo que dificulta sus relaciones”, señala Barry. Y las investigaciones de Jean Twenge, doctora en psicología de la Universidad de San Diego, comprobaron que, en un cuarto de siglo –entre 1982 y 2006–, los rasgos de narcisismo entre los estudiantes universitarios estadounidenses habían aumentado notoriamente, lo que la crisis económica hizo menguar. Dice Twenge: “Las estadísticas de narcisos entre los universitarios de este país iba en alza por más de 20 años, apoyados en el éxito, el crédito fácil y en una sociedad altamente individualista. Aunque la crisis financiera bajó en algo las cifras, otras fuerzas culturales, como las redes sociales, y en especial los padres, empujan las estadísticas hacia el narcisismo”. Influye igualmente una sociedad que va en aumento en sus niveles de individualismo y materialismo.

El estudio de Brummelman, Bushman y su equipo probó con creces que, a veces, los padres llegan a extremos. En uno de los bloques de su investigación, la sobrevaloración paternal rozó los límites de la imaginación.

“A los padres participantes se les presentaron 80 términos de diferentes temas, desde geografía mundial hasta palabras y personajes que un niño debiera conocer a esa edad. Por ejemplo, Primera Guerra Mundial y El Mago de Oz. De ellos, 20 eran inventados por nosotros, personajes como Reina Alberta y cuentos como La princesa y las uvas. Nos dimos cuenta de que los padres que más sobrevaloraban a sus hijos afirmaban que sus pequeños conocían incluso estas palabras inventadas”, concluyó la investigación.

Cerca de mil encuestas

Los autores del estudio establecieron una escala de sobrevaloración parental (POS).

Para ello, encuestaron a casi mil personas, entre los siete y los 74 años; en total, 565 escolares, entre 7 y 11 años, además de sus padres y madres.

Los investigadores confrontaron dos premisas: la teoría del aprendizaje social, que apoya la idea de que el narcisismo es causado por sobrevaloración parental, y la teoría psicoanalítica, que responsabiliza del narcisismo a la falta de calidez emocional en la crianza.

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