Educación Judía en la Diáspora: Ahora sí nos podrían calificar de tacaños

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Por siglos los judíos fuimos acusados injustamente de tacañería. Injustamente, porque en términos reales en realidad ocurría lo contrario: los judíos solían gastar buena parte de lo poco que tenían para asegurar que sus hijos coman bien, estén sanos, haya comida para las festividades y sobre todo para que estén bien educados.  Los nuevos ricos, solían ser ostentosos y derrochadores para así ganar status social (“tengo, luego soy”). Injusto además, porque el estereotipo del judío vinculado perversamente al dinero era más una construcción con fines antisemitas que una corroboración de alguna conducta verificable. Injusta también, porque a lo largo de la historia las comunidades judías se han caracterizado por su vocación de ayuda social, voluntariado sin límite, preocupación por generar fondos y espacios para que no haya un solo  indigente judío sin techo y algo que comer. El hecho que Israel sea la sociedad líder en el mundo en cuanto al voluntariado persona e institucional no es gratuito.

Sin embargo, algo está pasando con las tradicionales fortalezas del pueblo judío que paulatinamente se están convirtiendo en parte de sus debilidades. A la par que se abren las brechas entre ricos y pobres en las sociedades judías, se abren también las brechas en cuanto al compromiso judío con la justicia social. Es decir, aquél compromiso que dice que la justicia judía se obtiene en una  comunidad cuando el que tiene algo de más, se obliga a dar se de sí a quien lo necesita; y el necesitado al que le falta cubrir sus necesidades básicas, se obliga a aceptar los aportes de sus correligionarios más pudientes.

No todas las comunidades son iguales ni tampoco sus miembros. Sin duda hay varios meritorios ejemplos de personas con extraordinaria sensibilidad social y vocación de ayuda al prójimo que aportan mucho al bienestar comunitario judío. Pero ya no son suficientes. La pobreza judía se extiende, como les consta a casi todas las comunidades. Y la tacañería de los judíos pudientes para dar de sí a las causas judías empieza a crecer de modo preocupante, al punto que muchos ni siquiera se ubican en el primer escalón de los ocho que señala Maimónides para la tzedakah.  

La parte más preocupante es la que tiene que ver con la institucionalización de la tacañería en las instituciones judías que se ocupan de la ayuda a los necesitados, los ancianos ó los niños y jóvenes a ser educados. Es decir, ese cambio de actitud de los activistas y dirigentes más pudientes, que en lugar de hacer esfuerzos por aportar y recaudar más, dedican sus esfuerzos a ver cómo reducen costos y gastos así sea cerrando instituciones y dejando desatendidos a quienes necesitan de ellas.

Cada vez escucho con más desazón a juntas directiva de colegios judíos señalar que su objetivo es ajustar costos, ahorrar gastos, desprenderse del personal más costoso, reorganizar para reducir aquello que tienen de diferente respecto a lo que dictan las modas educativas (como las actividades y materias hebreas por ejemplo), etc. Sin duda el objetivo implícito ya no es “proveer la mejor educación posible para nuestros hijos” sino “ajustar lo más posible los gastos y eliminar los programas originales y al personal más costoso”.
 

No es difícil presumir que eso lleva inexorablemente a la caída de la cobertura y  calidad de la educación y del atractivo del colegio judío. A su vez lleva a la segmentación de la educación judía, a cuyas instituciones solo podrán asistir quienes puedan pagarlas. Pero, como aún así su calidad estará de caída, las familias más pudientes buscarán que darle a sus hijos una mejor educación migrando a colegios judíos exclusivos ó a colegios laicos de mayor reputación y calidad. El diagrama de la segmentación y exclusión queda así perfectamente dibujado.

Hoy en día, cuando escucho a directivos de grandes colegios no judíos hablar de las importantes inversiones que están haciendo para mejorar cada vez más la infraestructura y los servicios que brindan sus colegios a los alumnos, no puedo más que sentir esa envidia por el bien judío perdido que ahora es poseído por otros, y confrontar las travesuras del inconsciente que emergen bajo la forma de la pregunta ¿será el siglo XXI el siglo de la tacañería judía? ¿Cuántos alumnos judíos perderemos mientras lo descubrimos y le ponemos remedio –si es que tal cosa fuera posible-?          

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