High Tech y educación: vender antes que educar

Atención, se abre en una ventana nueva. PDFImprimirCorreo electrónico

 

“Solo la tecnología salvará la educación”. Esa parece ser la fórmula detrás de los  publicitados adquisiciones de computadoras para la educación que se dan en todos los  países de América Latina y que no son más que el rebote de las propuestas bien marketeadas por las grandes empresas transnacionales de la “high tech” que les ha permitido apropiarse de jugosísimos negocios a costa de la educación.

 

Esta manera de usar la educación como pretexto para la distracción política o para crear los fundamentos para grandes negocios de proveedores de productos para la educación tiene una larga historia. A fines de los 1950´s los políticos norteamericanos atacaron duramente la educación científica en los EE.UU. no por los malos resultados en alguna medición sino para justificarse ante la ventaja sacada por los soviéticos con el lanzamiento del Sputnik. A mediados de los 1970´s los políticos explicaron  las pérdidas norteamericanas en el mercado mundial frente a Japón y Alemania criticando el pobre desempeño académico de los estudiantes. En 1983 la administración Reagan publicó el reporte “Una Nación en Riesgo” usando un lenguaje apocalíptico para describir el estado de las escuelas, con el propósito de levantar la agenda de los partidarios de la privatización de la educación. Claro que nadie se acordó de las escuelas públicas en las épocas de la espléndida expansión económica, ni tampoco recordaron que EE.UU. produce el 80% de las patentes mundiales. El objetivo era trasmitir el mensaje que la educación andaba mal y que solo la tecnología la salvará.

 

No es casualidad que las comisiones presidenciales para el avance de la educación siempre están presididas por ejecutivos de grandes compañías, que promueven ideas como la necesidad de elevar los estándares académicos nacionales, la urgencia de medir los logros a través del millonario negocio de las pruebas obligatorias, exigiendo de paso a los directores, profesores y alumnos que rendan  cuentas como si fueran obreros de la educación. El mensaje final es que solo las tecnologías salvarán la educación. 

 

Tampoco es casualidad que los EE.UU. hayan invertido más de 200 billones de dólares en los últimos 5 años del siglo XX para cablear las escuelas y llenarlas de computadoras y software. Las razones para hacerlo revelan poca preocupación con saber si la computadora puede ser efectiva para elevar el rendimiento y transformar la enseñanza y aprendizaje y más bien un interés supremo en introducir estas máquinas en las escuelas. Aún con poca evidencia sólida de que la inversión en tecnologías de la información eleva los puntajes de las pruebas o que promueven una mejor enseñanza, la mayoría de los administradores escolares usan la retórica del progreso tecnológico para establecer su legitimidad ante la opinión pública: “un buen colegio es aquél que esta equipado tecnológicamente”.

 

El uso arbitrario de los puntajes en las pruebas estandarizadas permite en realidad  concluir cualquier cosa. Cualquiera podría diseñar una prueba en la que fallen la mayoría de los alumnos, inclusive profesores, y luego llamar a una conferencia de prensa y fulminar la educación pública. Esto es tan cierto, que es fácil demostrar que muchas del las pruebas que se citan en discursos y artículos para aludir a la desesperada situación de la educación americana, por las cuales los alumnos están siendo juzgados todo el tiempo, son seriamente deficientes.

 

La irónica consecuencia de este empuje hacia los estándares más altos para justificar las innovaciones tecnológicas y el uso de pruebas, es que los alumnos quedan demasiado ocupados como para pensar y cultivar la diversidad de sus talentos, además de recibir la atención psicológica necesaria para encarar sus problemas personales y sociales.

 

El énfasis en los resultados de pruebas escritas es una aproximación muy simplista que le hace mucho daño a la educación. Asociar la excelencia de una escuela con los altos puntajes que sus alumnos son presionadas a conseguir va en desmedro de las otras cosas que son verdaderamente educativas pero que no son valoradas porque no reciben puntajes. En este contexto hablar de valores, inteligencias múltiples, compromiso social, etc. es una pérdida de tiempo.
Por si fuera poco, debido a que los vendedores de tecnología interactúan con los funcionarios y administradores y no con los profesores, generalmente las adquisiciones de computadoras y sobre todo software resultan incompatibles con lo que los profesores pueden o consideran prioritario enseñar. El resultado final es que las computadoras se convierten en parte del mobiliario de los salones, que tienen un uso muy limitado y poco productivo.

 

El Perú debería actuar con inteligencia y cuidado en el tema. Reconocer el aporte de la tecnología a la modernidad, pero dejar de soñar con que “hará magia” para transformar la educación de los peruanos. Sin buenos maestros no hay buena educación.